Quebradero

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Estancados, violentados y dolidos

 

Por Javier Solórzano Zinser

Cada vez hay menos dudas sobre la normalización de la violencia. Por más brutal que sean los hechos sólo llaman nuestra atención por unos cuantos minutos.

La normalización de la violencia tiene que ver con un doloroso entendimiento ciudadano de que tiene que vivir cuidándose y, sobre todo, que debe aceptar “reglas” impuestas por la delincuencia organizada. No hay salida, porque las autoridades se ven impotentes más allá de las muchas complicidades que se han venido creando y que tienen a la delincuencia organizada como un nuevo poder.

No solamente son estos grupos los que imponen todo su poder e influencia, también están pequeños grupos que aprovechándose de las circunstancias colocan a los ciudadanos bajo una presión en la que se incluye a familiares y amigos y ante lo cual no hay salida que no sea la de aceptar las brutales “reglas”. En los últimos años la ciudadanía ha entendido que acatar es una forma de sobrevivir.

Estamos en un laberinto en donde la autoridad puede tener un discurso que intente hacer ver que hay un proceso paulatino de cambio, pero al final en la cotidianidad de cada ciudadano está el temor y la injusticia como forma de vida. Muchas cosas han entrado en terrenos que por ahora parecen insalvables.

Seguimos bajo condiciones de enorme desigualdad social y económica, estamos bajo una corrupción que va de la mano de la cercanía entre la autoridad y la delincuencia, tenemos en EU un alto consumo de drogas que tiene a sus autoridades en vilo, con toda razón y seguimos además con una estrategia para enfrentar el problema que está visto que sigue sin dar resultados y que se desarrolla en lo general con elementos similares a lo que se ha hecho desde el 2006.

En algunas ciudades la delincuencia organizada tiene el control total. Los ciudadanos viven totalmente sometidos. Les cobran cuotas, derecho de piso, los obligan a estar en un chat para llamarlos en ciertos momentos para que participen en tomar carreteras o en movilizaciones para presionar a las autoridades o de plano para confrontar a los otros grupos de la delincuencia.

Todo lo que está sucediendo en Zacatecas es brutal. Desde el asesinato de adolescentes hasta el reclutamiento de personas para desarrollar todas las estrategias que quiere la delincuencia organizada. Es claro que hay un histórico deterioro de las cosas, pero también es claro que no se puede seguir echando culpas para todo al pasado.

Acapulco está pasando por fenómenos de esta naturaleza. Mucha gente ha optado por aceptar las “reglas” como una forma de vida para no perder los ingresos, sobre todo, cuando se vive al día. Si no la dejan trabajar el problema es mayúsculo. Para quienes trabajan en las playas no hacerlo los coloca en la total adversidad. No sólo es que los presionen al límite, en muchas ocasiones, también atacan a sus familiares o a todo lo que tiene que ver con su entorno; las autoridades pareciera que ni cuentan.

La presidenta municipal de Chilpancingo mostró en los hechos cuál es el estado de las cosas. Todo indica que desde su candidatura no tuvo alternativa, o no la buscó, y se sentó con integrantes de la delincuencia organizada.

Su caso no es único. En muchos municipios se ha perdido materialmente el control, porque la violencia y las amenazas de los cárteles no solamente alcanza a las autoridades, las cuales en muchos casos pudieran deberles el cargo.

El problema crece y crece, porque quienes están directamente afectados son los ciudadanos. No tienen capacidad de maniobra y no tienen en ocasiones posibilidad alguna ni de esconderse.

Estamos estancados, abrumados, violentados, temerosos y dolidos. No se pierde la esperanza, pero con lo que hoy se está haciendo el futuro no puede ser más incierto.

RESQUICIOS.

El tiempo se agota para Ebrard. El TEPJF le cerró la puerta. Y todo está ahora en manos deMorena en donde no se vislumbra la más mínima voluntad de investigar algo que de suyo es confuso; se ve cerca del nocaut.