Por Francisco Montfort Guillén
Para configurar un Estado es necesario romper con una serie de <<jaulas de costumbres>> que son útiles para resolver conflictos, producir alimentos básicos, protegerse de enemigos no demasiado poderosos y fijar las reglas sociales del reparto de mujeres entre otras tareas básicas de los agrupamientos humanos. Con la creación de un poder central entra en juego otras dimensiones de los mismos problemas y muchos más, propios de las grandes aglomeraciones. Con el Estado se formalizan las leyes que deben ser respetadas por toda la sociedad bajo su mando, por eso se habla tan a menudo de la existencia, fallas de un Estado de derecho.
Los seres humanos ceden parte de sus libertades a cambio de asegurarse otras libertades para todos. Porque el Estado, ese Aparato de comando central, libera y somete al mismo tiempo a las personas bajo su mando. Es una relación dialógica de asociación, contradicción y complementariedad entre seres humanos, unos que dirigen, otros que son dirigidos, pero todos en principio sometidos a las leyes de observancia general. En general para los seres humanos de una sociedad moderna, resulta complicado obedecer tantas reglamentaciones y por eso existen a los márgenes de las sociedades zonas de <<ruido>> con seres humanos que se niegan a aceptar el juego de la legalidad que todos jugamos: principalmente los marginados con pequeñas infracciones que sólo le ayudan a su supervivencia, y también los delincuentes que pueden llegar a representar grandes desafíos y finalmente, pero no menos importante, los políticos que aunque deben ser el ejemplo del cumplimiento de las normas, son los primeros, por contar con el embrujo del poder, que buscan la manera de torcer las leyes. De ahí que aun en sociedades con un Estado exitoso, se presentan casos de corrupción para buscar financiamientos ilegales para mantenerse en el poder o simplemente para enriquecerse.
Según la hipótesis de Gonzalo Escalante Gonzalvo la oferta de López Obrador, que resultó irresistible para los miembros de la clase política, fue la de colaborar con él a cambio de aflojar las restricciones en el cumplimiento de las leyes que habían creado los llamados “tecnócratas”. Era su última oportunidad de escalar al poder sin tener que cumplir forzosamente con el molesto cumplimiento de las leyes que fueron modificando las normas de los “políticos de antes” tal y como lo demostraba el número de gobernadores y funcionarios encarcelados durante el gobierno de Enrique Peña Nieto. En adelante, con López Obrador como comandante supremo, los políticos y no los tecnócratas tomarían las decisiones gubernamentales y podrían torcer las leyes a su gusto sin que existieran repercusiones legales en su contra.
Este trasfondo parece regir también el mandato de Claudia Sheinbaum que parece haber decidido proteger a sus compinches del subsistema delincuencia/gobierno, antes que defender el Tratado de Libre Comercio y en general los intereses del país en su enfrentamiento con las exigencias de los Estados Unidos. Y todo esto envuelto en una ideología nacional/populista que además ellos, los Morenistas, autodefinen de izquierda.
Con sus reformas rompieron el Estado de derecho con bases racionales, intelectuales y acordes con los tratados internacionales, es decir, con el derecho internacional que rige cada vez más el mundo de las relaciones entre naciones y sus actividades legales en el comercio, los conflictos, la salud, el desarrollo científico y demás aspectos de la vida moderna. Con el lopezobradorismo, México dio marcha atrás en el proceso civilizatorio de regir toda su vida social, comunitaria, colectiva por medio de leyes y regresa al mundo de las “transacciones particulares”, que se habían quedado como símbolo de barbarie en el submundo policíaco, de los ministerios públicos y no pocos juzgados. No es una exageración afirmar que en todos los gobiernos (federal, estatales, municipales) y en todos los poderes (ejecutivo, legislativo, judicial) impera un nuevo clima de negociaciones, regateos y transas lo mismo para el otorgamiento de contratos que para la contratación de personal (y en buena medida las medidas de nepotismo y cuatachismo) y, en el colmo, en el pago de extorsiones (derecho de piso) que en el caso del estado de Morelos ha llegado a la extorsión por el hecho de habitar en ciertas colonias o fraccionamientos.
Como premonición, aunque en realidad se trata de un estudio riguroso de antropología, Roger Bartra estableció hace muchos años <<El canon del ajolote>> que viene a la memoria ahora que Clara Brugada, la gobernante de la Ciudad de México, ha hecho <<axolotizar>> el decorado de la capital de la república. El mexicano, dice el famoso antropólogo vive como el axolote, siempre en metamorfosis, sin llegar a la edad adulta, presa de la <<Jaula de la Melancolía>>, (La jaula de la melancolía. Grijalbo. México) tomando todo a relajo “como aflojamiento de normas que permite una insubordinación limitada”, como “una revolución privada, un atentado contra la norma vigente”. Lo que ha logrado Morena y sus lamentables políticos y funcionarios no sólo es la perdida de todo pundonor, educación, recato, buenos modales, inteligencia y dignidad, sino un patético resurgimiento del mexicano/axolote que parecía haber sucumbido con la modesta modernización que acompañó la transición democrática y el reforzamiento del Estado de derecho.
Ha vuelto a imperar la jaula con sus barrotes melacolía-desidia-fatalidad-inferioridad/violencia-sentimentalismo-resentimiento-evasión que notamos en el desenvolvimiento cotidiano de las relaciones humanas, las relaciones sociales del morenismo contrarias al modernismo. Las sustenta una sociedad incapaz de tomar las calles para protestar por tantas barbaridades ilegales que va construyendo Morena desde 2018, pues se conforma, pasivamente, con la educación que el nuevo Estado despótico le impone gracias al opio de las ministraciones a través de los programas del bienestar. Antiguo o nuevo, el axolote se pasea con sus miserias no solo materiales sino morales: su conformismo, su valemadrismo, su relajo su vida sin aspiraciones y sus puntuales acarreos para aplaudir a los gobernantes de la barbarie que se regodean en el <<poder sin límites>> de su asalto al Estado.
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