Por Uriel Flores Aguayo
Cruz Azul superó a los Pumas de la UNAM en la final del futbol mexicano y explotó el júbilo de sus seguidores a nivel nacional y en EEUU. Sorprende un poco el alcance y lo masivo de la celebración; es un equipo con presencia amplia en todo México.
Respeto y admiro la pasión desbordada en torno a este campeonato. El futbol es un fenómeno mundial con gran popularidad en nuestro país. Es el deporte nacional. Mueve a la sociedad. Trasciende la cancha y se refleja en todo. Ese partido de la final fue observado por varios millones de espectadores en la televisión, unió a familias y comunidades, cuyos festejos son espontáneos y libres.
Me fascina el futbol desde pequeño, y lo sigo cuando hay competencias fuertes. Es un juego completo, involucra fuerza física, espectáculo y estrategia; despierta intensas pasiones y toca fibras profundas en quienes apoyan a los equipos. Es conmovedor ver a los que lloran por perder o por ganar, verlos derrumbarse de tristeza o de alegría. Es un deporte que lleva las emociones a tope y despierta sentimientos.
El futbol no es únicamente deporte, ni solo un juego, es identidad, alegrías, decepciones, comunidad y esperanza. Se disfruta más, según yo, cuando únicamente lo observas en sus términos, independientemente del resultado; es decir, cuando disfrutas el juego en sí, el movimiento del balón y los goles. Cuando no estás involucrado con alguno de los equipos que compiten. Claro que los seguidores sufren o gozan y festejan los resultados; por supuesto, quieren ganar y ser campeones. Los futboleros tienen ídolos deportivos, buscan una firma o tomarse fotos con ellos. Hay iconos mundiales.
El futbol en tanto organización institucional es poderoso social, política y económicamente. La FIFA es tan poderosa como la ONU, o más. Organizar campeonatos mundiales supone una logística superior y presupuestos desproporcionados; es algo complejo. Algo similar ocurre a nivel nacional, con una Federación sólida y algunos equipos de alto nivel económico, cerca de los más fuertes del mundo.
La relación de los equipos con sus seguidores o los simples espectadores es parecida en todo el mundo: llenan estadios, organizan grupos de animación, elevan el rating de las televisoras, portan las playeras, opinan acaloradamente y admiran o idolatran a algunos jugadores. Es el futbol el deporte de millones de personas. Es parte intrínseca de la recreación de la gente y define preferencias deportivas; su movilización, siendo natural, supera lógicamente a los partidos políticos y a los gobiernos.
Pretender minimizar la importancia del futbol, degradarlo a cuestiones de enajenación, es entender poco o nada del sentido vital, de los propósitos de vida en la sociedad. También hay cierto fanatismo y riesgos violentos, sobre lo que hay que trabajar; se debe mantener la competencia y rivalidad estrictamente en el terreno deportivo. Hay futbol escolar y popular, involucra estudiantado y comunidades; los fines de semana se dan cita millones de jugadores, sus familias y porras en torno a juegos amateurs. En fin, no se entiende plenamente la vida sin futbol, es importante para mucha, pero mucha gente.
En mi caso disfruté la final del futbol mexicano; reconozco a los dos equipos, Cruz Azul y Pumas, cualquiera pudo ganar, así es el futbol, y da revanchas. Un golpe al extranjerismo de los dueños de los equipos fue que los dos directores técnicos son mexicanos. Faltan cambios al futbol nacional, que haya ascenso y descenso, mucho menos jugadores extranjeros y se facilite la exportación de talentos mexicanos. Mientras, a seguirse maravillando de las reacciones de los seguidores del Cruz Azul, se lo merecen.
Recadito: el diputado del yate y la diputada de la camioneta militan contra su partido.