La Agenda de las Mujeres

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Calentando motores

Por Mónica Mendoza Madrigal

Estamos en las semanas previas de un #8M muy esperado.

Y ¿cómo no? Si luego de haber alcanzado la cúspide de la Primavera Violeta con la más concurrida de las concentraciones feministas habidas en nuestro país que nos llevó a las calles en el 2020, casi de inmediato nos cayó la pandemia y con eso fuimos de regreso al hogar, nido que nos recordó cuán violento puede llegar a ser, disparando las cifras de violencia familiar para mujeres y niñas a partir del confinamiento con nuestros principales violentadores.

Una broma que decimos entre feministas es que la pandemia es patriarcal, porque llegó precisamente cuando la Cuarta Ola había logrado articularse en buena medida gracias a un #MeToo que fue un gran llamado de ayuda y un grito de ¡basta! de mujeres de todas las condiciones, profesiones, orígenes, edades y procedencias.

Fue también un llanto colectivo y un enojo compartido donde miles de mujeres en todas latitudes dijimos: “yo también” he sido violentada, acosada, hostigada, violada, agredida. El pudor y la vergüenza que nos mantuvo calladas durante generaciones enteras y que nos hacía voltear hacia otro lado cuando los jefes nos condicionaban un ascenso a cambio de sexo, o cuando nos tocaban sin consentimiento en el transporte público o cuando las miradas nos desnudaban solo con vernos, de pronto no pudo más seguir ahogado en nuestras gargantas y en nuestros corazones.

El grito de “yo también” nos hermanó y al comenzar a darse a conocer los primeros casos de mujeres que gozaban de reconocimiento público y dinero, la pregunta necesaria  era: “si le pasó a ella que es famosa, ¿cómo no iba a haberme pasado a mí también?”.  Y entonces todas comenzamos con las denuncias en redes y en algunos medios emitidas por víctimas que dieron su nombre y pusieron su rostro para a señalar a sus agresores.

El momento en el que se develó la cortina que mantenía en secreto los nombres de los violentadores fue tan poderoso, que de pronto podíamos incluso romper el anonimato para públicamente señalar a agresores que quedaron exhibidos además de en los espacios virtuales, en muros que dan cuenta de sus violencias y exhibidos en tendederos escolares y comunitarios que mostraron el verdadero rostro de demonios con piel de oveja que amparados por un sistema opresor y patriarcal, creyeron tener el derecho de usufrutuar nuestros cuerpos para su placer, sin nuestra voluntad de por medio.

Es como si de pronto el miedo contenido por generaciones de nuestras abuelas y de nuestras madres y de nuestras hermanas que tuvieron que sentir vergüenza porque quizá algo en ellas habría provocado o enviado una señal que les hiciera sentir a ellos, que podían disponer de nosotras sin preguntarnos, simplemente se hubiera ido, para en su lugar dejar el enojo, ese deseo de quemarlo todo.

Ese momento será para siempre un precedente de un camino sin retorno. Si las presiones lograron llevar al banquillo a un patrón de la industria hollywoodense y quitarle contratos a un tenor de fama mundial y desterrar a un poderoso intelectual, esos otros que siguen por ahí sintiéndose protegidos –y que de facto lo están– irán cayendo como las murallas que otros procesos históricos han derrumbado.

Ocurrirá sin duda, más temprano que tarde, porque la furia de las mujeres no permitirá que la impunidad siga cobijando a estos sujetos.

Sí, el confinamiento impidió que nos movilizáramos en las calles en 2021, pero ni así dejamos la protesta, la exigencia, la demanda. La expresión auténtica de la ira porque seguimos siendo nosotras las asesinadas, las mancilladas, las violentadas. Es nuestra la sangre que ha sido derramada y por eso nuestro es también el poderoso grito que nos convoca.

Una larga muralla rodeó el Palacio Nacional “para protegerlo de las pintas y el vandalismo”, dijeron. Nosotras lo llamamos el tamaño del miedo. Sí, nos temen, como lo hicieron antes en Salem. Como lo hicieron otros durante la Inquisición. No importa. Transformamos su muralla en mural para ahí escribir el nombre de nuestras muertas.

La hora de nuestra cita ha llegado. Mujeres de todas las edades, desde las colectivas, las redes, las manadas hacemos gala de nuestra inventiva, de nuestra increíble capacidad de organización, de nuestra férrea voluntad de cimbrar la tierra para que el núcleo escuche el estentóreo grito de ¡nos queremos vivas!

Tenemos causa. Severos retrocesos han venido gestándose en los 12 meses que han transcurrido desde entonces. El #8M ahí estaremos, para pintar el cielo de morado.