Por Sandra Luz Tello Velázquez
En el vasto mundo de la literatura, existen obras que se padecen durante su lectura. Son cuentos o novelas que, además de ser relatos de ficción, sirven de advertencia lanzada al vacío por autores que, dotados de una sensibilidad casi profética, lograron recrear los males de su tiempo para proyectarlos en el nuestro. George Orwell es, sin duda, el mayor exponente de este grupo. La novela 1984 ha dejado de ser un referente académico para convertirse en una especie de manual de supervivencia frente a la cruda realidad política que en pleno 2026 seguimos analizando frente a figuras como la de Donald Trump.
Al iniciar la lectura de la novela se da el encuentro con Winston Smith, un hombre que, en medio de la asfixia de Oceanía, intenta rescatar un ápice de su individualidad a través de un diario secreto. Ese acto de escribir es, esencialmente, un acto de resistencia; es la mente negándose a aceptar que la verdad en un sistema absolutista es una plastilina moldeable por el poder en turno.
Orwell presenta mecanismos que hoy nos resultan familiares, la neolengua, diseñada para limitar el pensamiento. Si no hay palabras para la libertad, ¿cómo se puede proteger y respetar? En la actualidad, la neolengua se encuentra en el discurso que simplifica la realidad por etiquetas de odio.
Por otra parte, el doble pensar, según Orwell, es la capacidad de sostener dos creencias contradictorias simultáneamente. Es el cimiento de los «hechos alternativos» defendidos por el gobierno de Trump, donde la evidencia objetiva es sacrificada para sostener el dogma político.
Así mismo, en la era digital se ha desarrollado una policía del pensamiento, que se traduce en los algoritmos de vigilancia y el linchamiento sistemático de quien se atreve a disentir de la narrativa oficial.
La interrogante es si, ¿1984 es una lectura pertinente para entender el fenómeno de Trump, o es simplemente una visión apocalíptica? La respuesta inmediata es que en un mundo donde la posverdad ha empañado los cristales de la objetividad, cualquier lectura que nos invite a la reflexión es pertinente, em particular si se realiza una lectura crítica con una disposición a escuchar las alarmas que Orwell encendió sobre la pérdida de la memoria colectiva.
En conclusión, leer 1984 en el contexto actual es un imperativo ético para recordar que, a pesar de las pantallas y el odio institucionalizado, la terca verdad sigue siendo el único territorio que vale la pena defender.