Romper el silencio

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Por Sandra Luz Tello Velázquez

Existen dolores que habitan en la penumbra, en ocasiones son resguardados por pudor, miedo o señalamiento social. Nos acostumbramos a vivir una época hiperconectada donde abundan las pantallas, pero escasea la escucha activa. En medio del ruido cotidiano, el sufrimiento psíquico suele quedar rezagado, invisibilizado bajo el peso de un estigma que ya es histórico e insiste en calificar a la vulnerabilidad como una debilidad.

Cada 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, fecha que fue establecida en 2003 por la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio, en estrecha colaboración con la Organización Mundial de la Salud (OMS). El propósito, desde entonces, ha sido tan claro como imperioso: movilizar a comunidades, instituciones y sociedad civil para generar conciencia, derribar prejuicios y abrir espacios en los que hablar de salud mental se convierta  en un ejercicio cotidiano de humanidad.

Las estadísticas nos confrontan con una realidad insoslayable. De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el suicidio representa una problemática de salud pública que afecta de manera transversal a distintos grupos de edad, mostrando un mayor impacto en la juventud. Detrás de cada cifra hay un rostro, un sueño inconcluso, una familia lastimada y una comunidad que se queda preguntándose en qué momento el aislamiento le ganó la partida a la empatía.

El análisis de estos datos no deberían señalarse como una mera contemplación estadística, sino como un llamado urgente a la acción preventiva. Prevenir implica rediseñar la forma en que nos vinculamos con los demás. Significa aprender a identificar las señales de alerta, las explícitas y las que se refugian en los silencios prolongados y en especial, validar las emociones ajenas sin juzgar ni minimizar.

Sostener una conversación abierta sobre la salud mental es el primer paso para desactivar la crisis. Decirle a alguien «estoy aquí para escucharte» o «tu dolor me importa» puede constituir la diferencia decisiva en el momento más oscuro. La prevención no solo es responsabilidad  del ámbito clínico, ni del entorno institucional; la prevención se construye en lo cotidiano, en la mesa familiar, en el aula, en el espacio de trabajo y en la sensibilidad de mirar a los ojos a quien tenemos al lado.

Abrir la conversación no vulnera nuestra fortaleza, la consolida. Es momento para derribar las barreras del prejuicio, para acompañar sin juzgar y comprender que el bienestar emocional es una responsabilidad compartida. Ante los datos y ante la historia, nuestro compromiso es tender la mano antes de que el silencio se lleve más vidas.