Una política cultural de la matraca
Por Aurelio Contreras Moreno
Mientras artistas, escritores, músicos, actores, bailarines, promotores y gestores culturales veracruzanos tienen que peregrinar por las oficinas públicas para obtener apoyos mínimos, aceptar honorarios castigados o incluso poner dinero de su bolsillo para sacar a flote un proyecto, el gobierno de Rocío Nahle ha demostrado que puede ser bastante más generoso cuando se trata de contratar personajes mediáticos que, además, mantienen una evidente cercanía discursiva con el régimen.
Las cifras para dimensionar esa generosidad están, todavía, a la vista. A principios de año, la Secretaría de Cultura de Veracruz pagó 229 mil 500 pesos netos a la alguna vez destacada dramaturga Sabina Berman por la conferencia “Mujer y Poder” en Xalapa, y por la presentación de un libro ¡suyo! en Boca del Río los días 19 y 20 de febrero.
Hace poco más de un mes, para el Festival del Mar celebrado en Coatzacoalcos, la misma Secretaría contrató conjuntamente a los influencers pro-cuatroté Diego Ruzzarín y Farid Dieck por la friolera de 864 mil 200 pesos. El primero habló de los “Diez pensadores que cambiaron mi vida” –entre los que, por supuesto, no podía faltar Karl Marx- el 7 de agosto y Dieck presentó “Construyendo un sentido” al día siguiente. Cada participación contempló 45 minutos de exposición y otros 15 de preguntas y respuestas.
Independientemente de lo que se piense de los tres conferencistas aludidos y de sus posturas políticas e ideológicas, lo que no cuadra es que mientras a estos personajes, con fama mediática y totalmente afines al gobierno, se les pagan sumas nada austeras, a los creadores veracruzanos se les da trato casi de limosneros.
Entre la comunidad artística veracruzana abundan testimonios sobre apoyos insuficientes, el regateo de honorarios, pagos tardíos, dificultades para acceder a todo tipo de recursos y espacios, así como una reducción de las propuestas culturales a meros artículos promocionales, entre más folclóricos, mejor.
Creadores que han ido a representar a Veracruz en otros estados fueron víctimas –está documentado- de condiciones impropias e indignas de una representación institucional, incluyendo traslados sin los mínimos requeridos de seguridad. Y ha pasado en más de una ocasión, mientras el gobierno se ufana de decir que “Veracruz está de moda”.
El contraste entre ambas realidades es lo verdaderamente ofensivo. A final de cuentas, Sabina Berman y Diego Ruzzarín pueden fijar los honorarios que consideren convenientes para sus conferencias mientras haya quien esté dispuesto a pagárselos. El problema es que quien acepte esas condiciones sea el gobierno de un estado que ha sido incapaz de atender múltiples carencias y que, encima de todo, mira por encima del hombro a su propia comunidad artística, cuyos integrantes, en buen número, hasta votaron a su favor para que llegaran al poder.
Es legítimo entonces preguntar por qué una conferencia de un “rockstar” de las redes sociales, cuyos contenidos no necesariamente sean valiosos ni profundos, puede valer cientos de miles de pesos, mientras a un artista local se le lloriquean unos cuantos pesos. Y también, hasta qué punto la afinidad con las narrativas políticas de la llamada “cuarta transformación” influye en una presencia recurrente en actividades financiadas por la administración estatal.
No hay que olvidar que desde un inicio, la política cultural de Rocío Nahle ha estado marcada por una concepción reduccionista del sector, a partir de la cual pretendió fusionar las secretarías de Cultura y Turismo con una visión en la que la cultura está subordinada a la promoción turística.
La fusión no se concretó como originalmente fue planteada gracias a la reacción de la comunidad cultural, que obligó a frenar aquella intención. Pero se terminó produciendo una distorsión no demasiado diferente. Cultura asumió actividades con una evidente función de promoción turística, mientras que Turismo quedó reducido a una capacidad presupuestal y operativa ínfima. Al grado que su titular se puede ir de vacaciones ¡en plena temporada vacacional!, sin que nadie note su ausencia.
Tan solo en el primer trimestre de 2026, más de la mitad del presupuesto ejercido por la Secretaría de Cultura fue destinado al rubro de “Espectáculos Culturales”. Es decir, se concentró en shows de diferentes clases con un valor cultural por lo menos cuestionable.
Lo paradójico es que cuando un músico local solicita apoyo para viajar, cuando una compañía teatral necesita transporte o sostener un espacio, cuando un escritor busca respaldo para publicar, cuando un artista plástico pretende montar una exposición, entonces sí hay austeridad. Aparecen límites financieros y el consabido “no hay recursos”. Pero para determinados personajes, el presupuesto sí aparece. Y por miles de pesos.
Tendría que transparentarse cuánto se ha gastado el gobierno de Veracruz durante 2026 en espectáculos, conferencistas y figuras nacionales, y compararlo contra lo destinado a becas y estímulos para creadores veracruzanos.
El problema –más allá de si son o no congruentes con su propio discurso- no son Sabina Berman ni Diego Ruzzarín. La responsabilidad aquí es de un gobierno que tiene como prioridad que porristas famosos “agiten la matraca” mientras reciben dinero público, porque eso le “mejora la imagen”.
Valiente “política cultural”.
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