Sapos

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Por Fernando Vázquez Rigada

“Sapo” es, en la jerga sudamericana, el delincuente que se voltea y canta. Saca la lengua y luego la esconde. O da información y salta al otro lado de la frontera. En Colombia, los sapos tenían un mantra: más vale una cárcel en Estados Unidos que una tumba en la patria.

El morenato se está desmantelando a sí mismo.

El New York Times reveló que una docena de gobernadores, legisladores y funcionarios electos ya están cooperando con Estados Unidos. Ojo: también dice que, de ellos, “la mayoría son del partido oficial”. Los demás podrían ser aliados o adversarios.

A esa docena deben agregarse dos altos mandos sinaloenses, incluido un general en retiro, que ya se entregaron.

Esta semana, el periodista Héctor de Mauleón publicó una conversación de la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar Ávila, negociando con intermediarios del FBI y confesando haber contratado al exfiscal de Florida Michael Brian Nadler como abogado: uno especializado en acuerdos.

Porque la naturaleza del sistema legal de Estados Unidos, no hay que olvidarlo, es precisamente ensanchar sus casos a través de acuerdos. Se reduce la pena a cambio de que entregues al superior. Y así comienza una escalera que, tarde o temprano, llega al más alto cargo.

¿A dónde lleva ese ascensor en México? No lo sabemos, pero, si Estados Unidos está cercando a gobernadores, senadores y secretarios de Estado, debemos presumir que el objetivo debe vincularse con Palacio Nacional.

Morena cometió errores terribles. Coaligarse con el crimen organizado para llegar a la Presidencia en 2018; entregar trozos inmensos de territorio a cambio. Y creerse invencible.

Lo fue, durante un tiempo. Y lo fue no sólo gracias a una buena ascendencia social, sino a carretadas de dinero sucio, a la extorsión y a la ejecución de opositores.

Pero olvidó una máxima de Porfirio Muñoz Ledo: el que paga, manda.

Y la suerte le empezó a cambiar por su cinismo. El culiacanazo, el saludo respetuoso a la madre del Chapo, referirse a sicarios como buenos seres humanos, afirmar que aquí no se producía fentanilo, fueron actos tan cínicos, tan soberbios, tan desmesurados, que llamaron la atención de Estados Unidos.

Luego vinieron dos golpes demoledores.

La operación de extracción de El Mayo Zambada, ejecutada por la administración Biden, trastocó todo desde dentro. Luego vino la elección de Donald Trump, que no fue leída correctamente por el gobierno mexicano.

Hay muchos, demasiados coludidos, para pensar que la unidad interna podría prevalecer. El enemigo es demasiado poderoso.

Las filtraciones mediáticas de la comunidad de inteligencia nunca serán confirmadas: sólo registradas por los señalados y sus cómplices en las sombras. Y ese es el objetivo: que sepan.

Luego, los propios servicios de inteligencia se acercan y ofrecen indulgencia a cambio de entregar a sus amigos. Pero en el negocio del hampa no hay amigos: “Amigo, el ratón del queso”, decían los colombianos.

Por su magnitud, la viscosa masa de complicidades comienza a ver por su pellejo. A hablar. A denunciar. A aportar pruebas que se han guardado paciente y celosamente. Ya se sabe de discos duros completos que abren una telaraña de criminales.

El grito soberano y patriota no funciona. No salva del brazo largo, temible e implacable de Estados Unidos. No cuando se vio la suerte de Nicolás Maduro, del Niño Guerrero, líder del Tren de Aragua, o del ayatolá Alí Jamenei.

Las alternativas son esperar a que el régimen los proteja —o no— o ser el primero en negociar una suerte menos mala. Primero en la fila, primero en derechos. Mantenerse en el rebaño —sin saber si se va al rastro— o irse solo a buscar suerte: el clásico dilema del prisionero.

Si hoy hay una docena cooperando, en un mes serán cientos.

Es la historia central del libro del narcotraficante colombiano Andrés López López, El cartel de los sapos. Solo que él no relata el desmoronamiento de un gobierno.

Sino de un cártel.

¿O es que aquí son lo mismo?

 

@fvazquezrig