Por Darío Fritz
Los fenómenos naturales forman parte del crucigrama diario de nuestras vidas. Aquí o allá, arrolladores o impetuosos, animan los noticiarios o intimidan toda conformidad. Los demoledores sismos de Venezuela reviven circunstancias cercanas y las fragilidades a las que estamos expuestos, como también las inundaciones típicas de estos días traen pérdidas materiales y las temperaturas desaforadas obligan a cerrar escuelas y evitar la calle. Podremos sumarles huracanes y sequías. Es la naturaleza, aceptamos resignados. Unos como otros son fenómenos atenuables a los que las ausencias de previsiones convierten en catástrofes donde la muerte y sus amenazas pasan a animar el horror, la frustración y el desconsuelo.
La fuerza desencajada de cada uno alcanza para descubrir la insignificancia de la que estamos hechos. Pero no son los únicos. Otros fenómenos que naturalmente hemos hecho a semejanza de nuestras debilidades arremeten sin pudor entre similares espantos, naufragios y martirios. Pestes de las cuales los dioses atenienses refieren en sus mitologías y que cada época le da su forma. La de los millares de desaparecidos, la del silenciamiento de quienes los buscan y de aquellos que quieren justicia, peste que se enquista en licitaciones mañosas, en la dádiva al funcionario que así hace eficiente su trabajo, en aniquilar las voces diferentes, en cortarle el paso al extranjero sin fortuna y de tez oscura.
Cumplir con normas antisísmicas salvaría vidas, como también impedir la liberación de dióxido de carbono a la atmósfera controlaría la temperatura global y el clima del planeta. Se conocen sus efectos negativos sobre el medio ambiente desde hace medio siglo pero ya tenemos dos grados más de temperatura que en aquellos años. Si hiciéramos caso a lo aprendido, pero que no se cumple, la naturaleza no sentiría así la necesidad de lanzar sus bofetadas correctoras ni sus advertencias de calamidades. Así como también si se tomara en serio perseguir el lavado de dinero y los vínculos de la criminalidad con la política y los funcionarios públicos, si se aclararan y castigaran las desapariciones y persecución de quienes buscan justicia, si la carga impositiva recayera sobre quienes huyen del fisco, la fatalidad no sería compartida sino un castigo para los monstruos que la generan.
En cada caso que se va añadiendo a las tragedias diarias la resignación se vuelve fenómeno natural de impunidad. Una mujer que es asesinada en la calle por buscar a su hermana desaparecida, una periodista que es arrebatada de su casa y ya no sabemos más de ella, un muchacho obligado a convertirse en asesino serial después de presentarse a un aviso de trabajo, unos niños tiroteados por militares cuando regresaban a casa junto a sus padres, unos habitantes que hacen frente a talamontes porque funcionarios municipales y policías no quieren llegar a detener el saqueo de sus bosques.
Saltamos de la misma manera de la brutalidad de un edificio que se desploma con decena de víctimas a la del conteo diario de crímenes sin esperanzas de resolver. Del temor a que las lluvias destruyan colchones y refrigeradores en viviendas frágiles a la de un grupo de asesinos a sueldo se lleve de su casa a un padre o una madre delante de sus hijos. La naturaleza tiene sus razones para arrasar. Los que viven al margen de la ley, la seguridad de no rendir cuentas, porque tampoco las víctimas generan más compasión que los instantes de una foto o un video en el cual se escenifica el terror.