Por Sandra Luz Tello Velázquez
Hace más de medio siglo, en las escalinatas del Monumento a Lincoln, Martin Luther King pronunció su histórico discurso «Tengo un Sueño». Manifestaba su ideal de vivir en un mundo donde la justicia no estuviera condicionada por el color de la piel, en el que la igualdad fuera una realidad y no una aspiración distante. Pero, ¿qué queda de ese sueño hoy? Al parecer permanece como un deseo alcanzable solo en la utopía de aquellos que, como el líder afroamericano, esperar mirar una sociedad libre del racismo y la exclusión.
Particularmente, países como el nuestro presumen contar con raíces indígenas provenientes de los pueblos originarios, nos consideramos una nación mestiza, ajena al racismo de otros países, juzgamos y señalamos duramente las muestras de racismo y el exceso de violencia perpetrada hasta por autoridades de nuestro vecino del norte contra la población negra o latina, señalamos como si la discriminación fuera un problema ajeno. Sin embargo, los datos y la realidad desmienten ese relato: el color de piel, el apellido, el código postal y hasta la manera de hablar limitan las oportunidades de los ciudadanos para desarrollarse y condenan a millones a la marginación. La «pigmentocracia» no es un concepto extranjero, es una herida abierta en nuestra historia.
El sueño de Martin Luther King se sostenía en la esperanza de que la humanidad podría vencer sus propios prejuicios y estructuras de poder injustas. En particular, en nuestro país, deberíamos considerar ese sueño para traducirlo en una lucha contra la exclusión de los pueblos originarios, de los afromexicanos y de las clases populares que siguen siendo relegadas del desarrollo económico y social. No basta con celebrar la diversidad en el discurso, es necesario erradicar las barreras estructurales que perpetúan la desigualdad.
El llamado de Luther King tiene vigencia en la actualidad, pues requerimos de un mundo en el que, los niños no sean discriminados por su tono de piel en las escuelas, donde los empleadores no favorezcan rostros «blancos» para ocupar puestos de poder, requerimos que el sueño de justicia sea realidad.
Tenemos que considerar a la equidad, la inclusión y la no discriminación como asuntos urgentes en la lucha por los derechos civiles, sólo así podremos decir con convicción, que el sueño de Martin Luther King también es nuestro.