Vida de perros

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Por Darío Fritz

Con la guardia baja, el peligro gana certezas. Le ocurre al boxeador, al criminal que confía en su instinto, al cirujano esmerado con el bisturí.

Caminaba por el sur de la Ciudad de México al regreso de una tarde fría y la vereda era un gentío en las cercanías del metro. Sin saber de dónde, de pronto tenía dos patas sobre el pecho y la cara triangular y alargada de un perro alto y escuálido que clavaba los ojos, listo para irse a mi yugular. Fueron dos segundos. Observó con sed de venganza, gruñó, lanzó un ladrido seco y se soltó al piso, para continuar su recorrido como si allí nada hubiese pasado. La advertencia estaba configurada: nunca te confíes de nada.

Eran tiempos en que circulaban por las calles los perros abandonados, nacidos en alguna zanja o en construcciones paralizadas. Eso ha cambiado. La gentrificación del nuevo siglo los expulsó a las periferias donde la pobreza los recibe como parte de los suyos. A los barrios clasemedieros han llegado otros, de corte burgués, atados a una correa, pegados a las piernas de sus dueños o cómodos en una patética carriola que bien le serviría a muchas de esas madres que abrazan a sus hijos a la espalda amarrados por un rebozo. Van resguardados de fríos y lluvias por indumentarias brillosas en lomo y pecho y las patas cubiertas, como quien viste tennis de marca.

Pero no sólo de las calles se han apropiado ahora estos hijos de papi. El señorío se ha extendido a parques y plazas. Como en todo territorio ocupado, los grandulones de mediana estatura se sienten a sus anchas y no autorizan extraños. A tal extremo que hasta los niños se han hecho a un lado. Poco se los ve por allí. A excepción de cuando las rejas hacen posible la inhibición canina. Las heces y el mingitorio a cielo abierto espantan los intentos de hacer aquello un lugar para la risa, los gritos, el llanto, la travesura, las corridas desgarbadas. Y no son las únicas razones. Los cestos de basura rebosantes de plásticos y bolsas de excrementos como si vivieran en huelga permanente, los indigentes cargados de bártulos ubicados en bancas estratégicas y los propios adultos defensores del territorio ganado por sus mascotas, arrebatan a los niños todo interés por acercarse.

En algún momento se crearon espacios públicos cerrados para que cada perro, perra, haga su vida de perro. Pero en poco tiempo a sus dueños les quedó chico. Ya no les alcanzaba y se extendieron. Ahora están a sus anchas, esparcidos en parques y plazas junto al columpio, la resbaladilla y el sube y baja. El orín deja su huella -negra y grasosa- sobre la base de los juegos. La marca de las heces queda petrificada en el cemento y sobre la hierba arruinada. A pocos les importa cuánta mugre quede desperdigada. La hipocresía es una marca de época. Cada niño debería exigirle a sus padres asistir al parque con un silbato o un ahuyentador de perros. Sería un buen juguete para hacerles su guerrita. Nos pasa ver que el animal gruñe y ladra por su territorio al niño y aquello sólo merece una caricia como amnistía. De disculpas, nada.

El pecado no es del perro. Está claro. Aquello que nos inventamos los humanos de vida de perros, aludiendo a mala vida; es un perro, porque no tiene la calidad suficiente; echar los perros, como las sesiones de tortura estadounidenses en Irak; o murió como un perro, en la soledad absoluta; no va para estos citadinos de parques y plazas. Sólo a los callejeros, relegados a sobrevivir entre la pobreza, bien les cabe. Allí, si se acercan a una plaza o parque será para buscar alimentos, el entretenimiento no les está permitido. Con suerte, en ese deambular diario kilométrico por sobrevivir se encontrarán con un brazo o una cabeza humana y la harán ver pegada al hocico, como ha ocurrido. La cualidad innata de encontrar huesos abandonados, olvidados, destazados. Cuerpos completos y desmembrados arrojados a baldíos o basureros podrán aplacar algo de lo que nadie se acerca a facilitarles.

@DaríoFritz