Quebradero

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Pinta para ser lo mismo que era

 

 

Por Javier Solórzano Zinser

 

Esta época del año es la más esperada y la que más recursos le genera a Acapulco.

No había una que no saliera ganando incluyendo a los turistas, a pesar de que en muchos casos se daba un alza de precios marcada por el oportunismo del momento. Acapulco se convertía durante más de una semana en el eje turístico de los capitalinos y de muchos más que lo encontraban como el refugio de la vacación.

A pesar de que las condiciones en muchos casos no eran las mejores, el relajo y la algarabía llevaban a que Acapulco resultara el lugar indicado. A los turistas no nos importaban largas colas a veces sólo para echarse unos tacos en la esquina.

Lo importante era estar, convivir y divertirse, a pesar de que las condiciones no fueran las mejores y nos sacaran más de un coraje y más de una bronca. Todos lo sabíamos y, a pesar de ello, nos metíamos al puerto con tal de salir de la capital y tener ante nosotros el espectáculo del mar que envuelve al puerto.

Acapulco es la primera vez de muchas cosas en la vida de una gran cantidad de personas. Es un mito que nosotros mismos hemos hecho crecer porque en torno al puerto hemos escrito historias que tienen que ver con nosotros en lo individual, con amigos y con nuestras familias.

Es el lugar en donde todos cabemos. Si bien están marcados los contrastes en medio del relajo y la algarabía se trataba de divertirnos y pasarla bien. Acapulco nos acoge para que lo gocemos y para que escribamos historias.

Dos momentos en el año son claves para los turistas y su relación con Acapulco. La Semana Santa, que permite que al menos durante cuatro días provoque que Acapulco se vuelva intransitable y, a pesar de todo ello, lo visitemos con ilusión renovada a sabiendas de que dentro de su belleza el puerto se va a padecer.

Vicente Leñero y Ricardo Garibay escribieron ensayos sobre Acapulco en verdad divertidos. Al tiempo que mostraban las adversidades que vivían sus habitantes entendiendo el goce y el juego de sus innumerables turistas.

El otro gran momento para Acapulco son las fiestas de fin de año. Acudíamos en tropel pensando que por lo menos tendríamos un pedacito de playa, independientemente de que estemos rodeados por una cantidad inimaginable de vendedores ambulantes y de nosotros los turistas.

Otis nos hizo conscientes de lo que significa Acapulco. Así como tiene interminables virtudes también nos hemos dado cuenta de su franco deterioro que pasa por las abiertas desigualdades sociales y, sobre todo, por un problema metido en las entrañas, la inseguridad.

En los últimos años se convivía en Acapulco con más temor que jolgorio. Otis puso a la vista las desigualdades sociales y las evidencias de una planeación fallida, independientemente de la brutal fuerza del fenómeno, quedó claro que en Acapulco muchas cosas se han hecho mal; el huracán desnudó al puerto sin importar las clases sociales.

En el aquí y ahora no se alcanza a ver que Otis sea un detonador que lleve a Acapulco a ser otro. El Gobierno ha perdido de vista que si bien a la gente haya cosas inmediatas que le urgen, también quiere un presente futuro como pauta de una forma diferente de construirlo.

Las y los acapulqueños quieren ver al Presidente que les dice que van a pasar una feliz Navidad y ahora ya habla de que todo estará bien, cerca del 100%, en la Semana Santa.

Otis sacudió las entrañas de Acapulco y se convirtió en la posibilidad de hacer las cosas diferente y de acercarse a la población para conocer lo que piensan, lo que sienten y lo que quieren. Acapulco hoy se ve desde un helicóptero o desde una oficina de las Fuerzas Armadas.

RESQUICIOS.

Cristina Pacheco es un antes y después en la televisión pública, que no de gobierno. Era profundamente sensible, sabía preguntar y lo más importante es que escuchaba. Sus crónicas en La Jornada eran la extensión de su mirada, atención y convicción en los que no tienen voz.

*Tomaremos unos días. Le deseamos lo mejor. Nos leemos los primeros días de enero.