Por Fernando Vázquez Rigada
El dictador Daniel Ortega se ha convertido en un paria de la historia. Declaró, con desparpajo, que las elecciones en Nicaragua estaban canceladas por siempre.
Antes, había nombrado, por sus pistolas, copresidenta a su esposa.
Con ello, la revolución termina en lo que combatió.
Ha sido la terrible experiencia de las revoluciones en el mundo.
Julio César hizo una revolución de arriba hacia abajo, no popular, no encabezó masas, pero sí usó su poder militar y movilizó a clases descontentas para derrumbar a la oligarquía. Después se convirtió en dictador y se hubiera perpetuado en el poder si no lo hubieran asesinado sus propios senadores.
Suerte similar corrió la revolución francesa. Tras demoler a la monarquía, la república devoró, como Saturno, a sus hijos. El rey del Terror, Robespierre, quiso impulsar una nueva religión, se comparó con un ser supremo hasta que su cabeza rodó —literal— a los pies de la guillotina.
Todos los líderes de la revolución mexicana, de Madero a Obregón, fueron asesinados. León Toral, sin embargo, impidió la reelección del sonorense que estaba listo para perpetuarse en el poder.
A Lenin lo salvaron una serie de derrames cerebrales, pero su crueldad fue sustituida por alguien peor: Stalin. La revolución china no se limitó en salvajismos, hambrunas, o persecuciones culturales que sólo anticiparían el horror del Khmer Rouge en Camboya que mataría a un cuarto de la población en 4 años de horror.
La revolución cubana, que encarnó la utopía de otro mundo posible durante algunos años, derivó en una dictadura que tiene hundida a su población, tras 67 años, en la miseria y la humillación. En esas casi siete décadas, sólo tres hombres —más bien dos— han gobernado realmente: los hermanos Castro.
La revolución sandinista fermentó por los abusos y la crueldad de la dictadura Somoza. Daniel Ortega fue, primero, un ejemplo mundial al aceptar su derrota electoral ante Violeta Chamorro en 1990. Pero la ambición corroe. Ortega volvió, se deshizo de todos sus aliados y compañeros de armas y ha degenerado en una dictadura inaceptable.
Ortega ha violado sistemáticamente los derechos, encarcelado opositores, cerrado medios, perseguido a sacerdotes. Reprimió con brutalidad a manifestantes que se oponían a la reforma a la seguridad social en 2018. Ha despojado de su nacionalidad a 450 personas.
Ahora ha abolido las elecciones.
El sueño de transformación se ha convertido en pesadilla de represión.
La dictadura se ha despojado ya de cualquier vestimenta de legalidad.
A la par del cinismo de Ortega, consterna el silencio de México ante esa brutalidad. Sin ambages, México no sólo se ha rehusado a condenar la violación abierta del derecho y la libertad: el embajador de este gobierno, un inútil llamado Guillermo Zamora, se permitió expresar en carta su “cariño y admiración” al paria centroamericano.
Antes, a finales del año pasado, México rehusó asistir a la Cumbre de las Américas, celebrada en República Dominicana, por no haber sido invitados Cuba, Venezuela y Nicaragua.
Hubo momentos de esplendor cuando México repudió a Franco, a Pinochet, a Somoza. Ahora nos alineamos a los tiranos.
La adoración por las dictaduras y los sátrapas nos tiene en un aislamiento creciente, torpe y más: peligroso.
En política, los silencios también hablan.
Y México habló esta semana.
Es lamentable y acaso es peor: es premonitorio.
López Obrador solía repetir que su experimento era una revolución, aunque pacífica.
Que conste: él lo dijo.
Ya sabemos a qué atenernos.
@fvazquezrig