Los estudios universitarios, ¿obsolescencia o imprescindibilidad?

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Por Sandra Luz Tello Velázquez

Llevamos aproximadamente cuatro años atrapados en un torbellino que borró los límites de lo que creíamos exclusivo de la mente humana. El boom se dio en 2022 con el lanzamiento público de ChatGPT (desarrollado por OpenAI). No es novedad mencionar que la Inteligencia Artificial (IA) escribe, programa y analiza datos a una velocidad impresionante. Sin embargo, el verdadero sismo ocurre en las aulas universitarias y en las oficinas de recursos humanos, por tal razón, nos enfrentamos a una pregunta incómoda pero urgente: ¿para qué sirven los estudios universitarios, cuando un algoritmo puede realizar el trabajo en tres minutos?

Durante décadas, el pacto social de la educación formal ha sido lineal y predecible, los primeros veinte años de una vida académica estaban dedicados a la acumulación de información proveniente de una persona al frente del salón de clases, para luego aplicar ese conocimiento durante los siguientes cuarenta en el mercado laboral. En la actualidad, ese modelo se encuentra resquebrajado. La aceleración tecnológica provoca que lo aprendido en el primer semestre corra el riesgo de ser obsoleto antes del día de la graduación.

El problema de fondo no es la falta de empleo, sino la  brecha entre lo que se enseña en las aulas tradicionales y lo que el mundo real necesita.

Cuando la respuesta a cualquier pregunta está a un clic de distancia, la memorización parece perder valor.  El pánico inicial de las instituciones educativas se centró en el plagio y en cómo descubrir a los alumnos que entregaban ensayos perfectos generados por un sistema computarizado que imita a la inteligencia humana. Volvieron los exámenes orales y las hojas en blanco con bolígrafo, una reacción natural entre los docentes, pero insuficiente. El verdadero reto no es prohibir la herramienta, sino redefinir el valor de aprender sobre la ilusión del atajo al responder.

La IA puede cruzar miles de datos históricos en segundos y entregar un reporte impecable, pero carece de la pericia crítica para entender qué voces, qué contextos o qué matices históricos se quedaron fuera de la respuesta algorítmica. Es en donde empieza el verdadero rol del profesional del futuro: no se trata de conseguir una respuesta rápida, sino de saber formular la pregunta precisa y rehacer o curar la respuesta.

En la actualidad, el profesional no es el poseedor de la información, sino aquel que desarrolla el criterio para juzgarla. Nuestro tiempo nos exige aprender, desaprender y adaptarnos a ritmos vertiginosos.

Si consideramos que el conocimiento tiene una caducidad casi inmediata, la cualidad más valiosa de cualquier egresado ya no es la especialización técnica, sino su capacidad de adaptación. Nos urge caminar hacia un modelo de aprendizaje continuo, donde la educación no sea la etapa  en la que se concluye con un título colgado en la pared, sino una constante que nos acompañe toda la vida.

Reitero, nuestra era nos obliga a una de las tareas más difíciles para el orgullo humano: aprender a desaprender. Muchas de las fórmulas, certezas y herramientas que garantizaban el éxito hace diez años, actualmente se han transformado en un lastre. Quien se resista a cuestionar sus propios métodos está condenado al estancamiento profesional.

Por último, la universidad del futuro no puede seguir operando como una fábrica de diplomas; su misión debe ser el desarrollo del pensamiento crítico, un espacio para la resistencia humana en donde se enseñe a integrar la tecnología con ética, a dudar de las verdades automáticas y a colaborar en comunidad. La tecnología avanza a pasos agigantados, la única forma de no quedar obsoletos es recordar que la educación nos prepara para la vida, para el cuestionamiento constante y para mantener la curiosidad innata.