Por Darío Fritz
Desconozco el resultado de la final España-Argentina en Nueva York. Es viernes en el momento en que escribo estas líneas, pero ya comienza a cosquillear la impaciencia. A menos de 48 horas del partido, al igual que en los siete anteriores, la calma se desbarata milímetro a milímetro con la terquedad del cocodrilo esperando a su presa, hasta convertirse en una maraña de pulsaciones impetuosas llegada la hora límite, en este caso la una de la tarde del domingo en el estadio de New Jersey. Cito los siete partidos anteriores porque en todos, el nervio pulverizó el goce. Para alguien que ha practicado el futbol con la persistencia de quien exhala dióxido de carbono para respirar y lo sigue cada fin de semana durante décadas, después de comprender que las aspiraciones infantiles pueden estrellarse contra paredes y hay que buscarse la vida por otro lado, se debería contar con el temple de dominar unas fibras musculares que la mente se empecina en alterar. Pero no es así, y tampoco sorprende. Lo malo de los Mundiales de futbol -aparte de desatar una esquizofrénica búsqueda por reforzar nuestra identidad- son las sintonías cercanas con el fracaso. Quedar fuera en la primera ronda, no lograr escalar luego en las definiciones inmediatas. Es como una muerte súbita que está a la vuelta de la esquina y aturde de pensar en la caída próxima.
Pero ese cosquilleo de la impaciencia no deglutiría con tanta facilidad las neuronas de la dicha si no fuera que para pararse frente al televisor o la computadora -ya sabemos que no todos los encuentros los tiene la televisión abierta y algunos iluminados crearon Roja Directa, PirloTV, para no quedarnos huérfanos de futbol-, lo tiene que hacer uno solo. Uno solo y las imágenes y las voces estridentes de relatores y comentaristas. Te acostumbras tanto a la soledad del hincha que hasta parecen marcianas esas reuniones masivas en la calle frente a pantallas gigantes, o que amigos y familias se reúnan entre cacahuates, pizzas, chatarra, refrescos y cervezas para seguir un partido. Esos nervios son demasiados extraños. Un comentario desacertado, otro razonable, alguien que te pide el recipiente de las papas fritas, el niño que reclama por el juguete perdido, son variantes seguramente de un reaseguro para sostener quietas los esfínteres o darle pausas al hígado de los excesos de bilirrubina. Pero el nervio del hincha que está solo camina por otro andarivel.
Frente a la pantalla despotrica en silencio y hace comentarios que le hablan a sus propias neuronas. Dos horas -si todo va bien- de caminar en círculo, sentarse, reacomodarse en la silla o el sillón, ajeno a ingerir cualquier alimento que se convierta en un revulsivo en ese estómago desquiciado, si acaso agua al medio tiempo o en la pausa publicitaria. Las piernas le pesan, los omóplatos parecen clavarse en la nuca, cada rodilla se afloja cuando el peligro circula sobre su portería. Los oídos deben estar atentos. No faltan los televisores adelantados de los vecinos que se han puesto la camiseta del rival de turno y van a gritar todo lo que al hincha solo le hará arder cada centímetro de intestino. La soledad del hincha no se siente más penetrante que en ese momento. Cala hasta los huesos. No están de su lado, sabe, y para colmo en esos segundos de adelanto en que llega el bullicio, le anticipan malas noticias. Saberse extranjero, y argentino como en mi caso, queda allí tan tallado en piedra, como en tantos otros Mundiales a lo largo de más de tres décadas de resiliencia. El hincha solo no emite queja, mantiene la concentración, incluso concertará con el silencio cuando el triunfo esté de su lado, o lanzará un vozarrón agónico, desencajado, liberador, si la tensión ha quebrantado toda la zozobra posible acumulada. Y vaya que en este Mundial se ha concentrado.
Tanta extravagancia tiene las horas contadas. Termine como termine el domingo, traerá sosiego. El lunes habrá que sacar pecho para lo que sigue.