Cuando la comunidad universitaria recupera la palabra  

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Por Ricardo García Valdez

Algunos se dan por bien servidos con el hecho de que se haya informado -a través de la Secretaría Académica de la Universidad Veracruzana- que la Dirección General de Desarrollo Académico e Innovación Educativa integró en alguna medida la serie de observaciones planteadas por diversos miembros de la comunidad académica —reunidos para tal fin durante el mes de abril en la Unidad de Servicios Bibliotecarios y de Información (USBI) en la Cd. de Xalapa, Ver.—, en relación con las Reglas de Operación del Programa de Estímulos al desempeño del Personal Académico (PEDPA, y su análogo PEDEA) emitidas en su primera versión en marzo del año en curso.

Pero, viendo detenidamente las cosas, el nuevo documento institucional (PEDPA: https://www.uv.mx/evaluacionacademica/2019/05/09/academicos/ PEDEA: https://www.uv.mx/evaluacionacademica/2019/05/09/ejecutantes-artisticos/ ) no sólo informa de las modificaciones a esas normas operativas que quisieron imponerse originalmente desde la “alta dirección”; más importante que su resultado práctico (motivo de alegría para la gran mayoría) el comunicado genera otro documento (https://laclaveonline.com/2026/06/30/academicos-de-la-uv-logran-modificar-reglas-de-programas-de-estimulos-pero-advierten-que-persisten-disposiciones-inequitativas/) en el cual se enfatiza que, tras la publicación de las nuevas normas operativas del PEDPA y PEDEA 2025–2027, la participación organizada de la comunidad académica permitió modificar diversas disposiciones que afectaban las condiciones de evaluación del personal universitario, reconociéndose el trabajo colectivo de docentes e investigadores y haciendo un llamado a fortalecer mecanismos permanentes de diálogo, transparencia y participación en la construcción de la normatividad universitaria.

Lo anterior testimonia la irrupción de un sujeto colectivo, allí donde se pretendía imponer un discurso que apuntaba A TODAS LUCES a clausurar la palabra. Existe, luego de la ilegítima prórroga otorgada por la Junta de Gobierno de la UV en 2025, la tentación de hacer pasar muchas decisiones verticales ¡como si fueran equivalentes a la verdad! Pero sabemos bastante bien que ningún Significante Amo consigue suturar completamente el deseo de quienes sostenemos una comunidad.

Lo más valioso de este proceso entonces no radica únicamente en los cambios obtenidos, sino en la forma en que fueron alcanzados. Académicas y académicos provenientes de distintas dependencias de la UV logramos construir una posición común sin renunciar a la pluralidad de las voces singulares. Esa articulación produjo un efecto que desbordó la lógica de la sumisa obediencia que, de pronto, se había tornado moneda de cambio en nuestra comunidad: mostró que el saber universitario no puede subsumirse al sometimiento acrítico ante una administración burocrática y opaca como la que nos toca padecer en este momento, sino que encuentra su legitimidad en la deliberación, la argumentación y el reconocimiento mutuo.

El discurso universitario sólo conserva su dignidad cuando no se convierte en una simple prolongación del discurso del Amo… en palabras sencillas. Cuando las decisiones se presentan como inapelables, (ejemplos en la Universidad los hay) el saber deja de circular y paradójicamente se transforma en instrumento de subordinación. Por el contrario, como en este caso, cuando la comunidad académica toma la palabra y produce argumentos, emerge una forma de resistencia que no busca destruir la institución, sino devolverle su condición propiamente universitaria.

Este comunicado (que responde al de la Secretaría Académica) constituye por ello, un precedente significativo. Demuestra y recuerda, y ahí estriba toda su potencia política, que la organización colectiva, el trabajo entre pares y la construcción de consensos pueden modificar decisiones inicialmente impuestas por esa lógica vertical que nos oprime constantemente de diversas maneras. Es una prueba de que la universidad todavía posee recursos simbólicos para corregirse a sí misma cuando su comunidad decide asumir la responsabilidad de hablar. Por ello el comunicado al que me refiero adquiere una resonancia que rebasa el tema específico de las normas operativas. Funciona como un exhorto ético para no permanecer en silencio frente a nuevas formas de agravio institucional.

La universidad se debilita cuando el reconocimiento simbólico es sustituido por el borramiento deliberado de quienes han contribuido decisivamente a su historia. En ese sentido, el hecho de que el nombre de Sara Ladrón de Guevara haya sido omitido recientemente de una presentación en el Museo de Antropología de Xalapa (MAX) no puede interpretarse más que como un gesto de desconocimiento institucional que… bien merece reflexión y diálogo. Más allá de las personas involucradas, lo que está en juego es el respeto por la memoria universitaria y por el lugar simbólico que cada integrante ocupa en la historia de la institución.

En psicoanálisis es bien sabido que aquello que se intenta borrar del orden simbólico retorna bajo otras formas, generalmente más radicales. Las instituciones tampoco escapan a esa lógica. El silenciamiento, la exclusión o el desconocimiento nunca eliminan aquello que buscan cancelar; producen, más bien, nuevas preguntas y nuevas formas de organización colectiva.

La enseñanza de todo este proceso es clara: cuando la comunidad universitaria sostiene la palabra, argumenta con rigor y actúa solidariamente, el poder deja de ser un monólogo y vuelve a convertirse en interlocución. Esa es, quizá, una de las condiciones fundamentales para que la Universidad Veracruzana continúe siendo una verdadera comunidad de saber y no únicamente una estructura administrativa donde cualquier persona ordinaria pide una “prórroga” y reintroduce el discurso del Amo.

En estos tiempos, en los que hemos sido testigos del silencio cómodo -asumido lamentablemente por diversos miembros de nuestra comunidad-, resulta profundamente esperanzador encontrar no obstante personas que deciden hacerse responsables de su palabra. Tenemos la enorme fortuna de que en la Universidad Veracruzana aún existan académicas y académicos que no renuncian al pensamiento crítico, que defienden la deliberación frente a la imposición y que comprenden que la universidad sólo puede sostenerse cuando la ética acompaña al conocimiento y el valor civil acompaña a la palabra. Así, resistir no simplemente significa confrontar, poner lonas, hacer marchas y bailar batucada; significa principalmente argumentar con rigor, sostener la dignidad de la comunidad y negarse a naturalizar aquello que vulnera la vida universitaria.