Por Carlos Tercero
La llegada al poder suele ser el momento de mayor cohesión para un movimiento político; conservarlo, en cambio, es la etapa donde aparecen tensiones profundas. En ese umbral se sitúa Morena tras su reciente Congreso Nacional, en el que Ariadna Montiel asumió la dirigencia con un mensaje que sugiere algo más que continuidad: un ajuste interno para preservar la viabilidad y consistencia del proyecto en una fase más exigente, reconociendo espacios de oportunidad y en sintonía con la línea marcada por la Presidenta de México.
La dirigencia de Montiel inicia con fortaleza al enviar una señal clara: “desde ahora un aviso para quienes aspiren a ser coordinadores de la defensa de la transformación y quien quiera ser candidato en 2027: deben tener una trayectoria impecable”. La frase no solo establece un criterio ético; también reconoce que el crecimiento del partido y su posición en el poder demandan mayor rigor en la selección de perfiles, especialmente rumbo a un proceso electoral que será decisivo para la continuidad del proyecto. Esta preocupación se refuerza cuando señala que “nos corresponde garantizar que los representantes de nuestro movimiento sean mujeres y hombres con principios y valores honestos… porque lo que está en juego es la autoridad moral y política que nos dio la legitimidad para llegar al poder”. En esa insistencia hay una lectura acertada del momento: la legitimidad no es un activo permanente, sino una condición que debe sostenerse con congruencia y resultados.
El matiz sobre los mecanismos de selección resulta igualmente relevante. Al afirmar que “las encuestas no son para calificar la fama y la popularidad del poder”, introduce un criterio que busca equilibrar popularidad con integridad. Más que una ruptura con prácticas previas, parece un intento por afinarlas en una etapa donde los incentivos del poder pueden distorsionar los procesos internos.
El énfasis en la organización territorial —“porque la organización… es la transformación”— reafirma una de las bases del movimiento, pero también plantea la necesidad de consolidarla sin desviaciones. En esa lógica, la referencia a su trayectoria —“he tenido el enorme privilegio de trabajar en todo el País… para hacer llegar a casi 40 millones de personas sus programas de bienestar”— no solo legitima su liderazgo, sino que conecta la experiencia de gobierno con la vida interna del partido y reconoce el valor de la cercanía con la gente.
Leído en conjunto, el mensaje se entiende como un punto de inflexión. Los partidos que alcanzan posiciones dominantes suelen enfrentar el riesgo de perder rumbo; anticiparlo y corregirlo es, en sí mismo, una señal de madurez política. La historia reciente en México ofrece suficientes ejemplos de organizaciones que, al no hacerlo, terminaron por erosionarse desde dentro.
De ahí que la renovación planteada no parezca un recurso retórico, sino una apuesta por consolidar lo construido. Morena enfrenta ahora el desafío de institucionalizarse sin diluirse, de ampliar su base sin perder identidad y de ejercer el poder sin desconectarse de su origen. En un entorno de escepticismo hacia la política y de alta exigencia ciudadana, cualquier incongruencia se amplifica; por ello, el llamado a fortalecer principios, procesos y cercanía con la base social adquiere especial relevancia.
El primer examen será cercano. Las elecciones de 2027 funcionarán como un filtro ineludible para medir si este ajuste logra traducirse en cohesión interna y confianza pública. Si ese propósito se sostiene, la llegada de Montiel marcará un parteaguas significativo en la evolución del movimiento y en la consolidación del proyecto político. Antes de ello, la selección de los mejores perfiles —mujeres y hombres con trayectoria, experiencia y vocación de servicio— será determinante. Llegar al poder implica ejercer un mandato popular orientado al beneficio colectivo, no la ocasión de servir a intereses personales o de grupo. Las carreras políticas se construyen y solo el paso del tiempo, el prestigio y los resultados pueden respaldar la aspiración legítima a los espacios de representación.
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