Por Fernando Vázquez Rigada
Comenzó el desmoronamiento.
El derrumbe de Morena, que se venía gestando desde el verano pasado, se ha acelerado con el misilazo contra el gobernador de Sinaloa.
Ahora sí, los mismos que aplaudían aquello de “no me vengan con que la ley es la ley”, se escudan en ella.
De la defensa del impresentable —hay muchos más— se pasó a su remoción. Será investigado para encontrar las pruebas que todo México conoce desde hace años.
Rocha perdió en horas el apoyo de Andrés Manuel López Obrador. Era su sostén. Posterior a la extracción del Mayo, el entonces presidente corrió a visitarlo, obligando a la presidenta electa a ir con él. ¿Qué mensaje cifrado implicaba? Trajo al gobernador a la Cámara de Diputados. Ordenó un desplegado de apoyo de todos los gobernadores. Cuando la actual secretaria de Gobernación le solicitó hace un año separarse del cargo, el gobernador se negó. Días después hizo una declaración desafiante: “A mí me nombró López Obrador, perdí la encuesta”. Pese a los escándalos sucesivos, Andrés Manuel López Beltrán le dio la credencial de militante de Morena en acto público.
Ahora está solo.
También lo está su principal operador: Enrique Inzunza. Él, sin embargo, ha comenzado las gestiones para ser testigo colaborador de EU. Sapo. Antes, el jueves fatídico, deslizó en un tuit la amenaza velada: “un ataque y una insidia dirigida al @PartidoMorenaMx y a nuestro máximo referente político y mexicano de excepción: el Presidente Andrés Manuel López Obrador”.
Este es un problema en el que la jefa del ejecutivo se metió sola.
Se sabía que este infierno se desataría. Pudo actuar antes. No lo hizo, pese al cúmulo de evidencias —periodísticas y legales— de las que se pudo allegar.
El problema ahora es la densidad de corrupción y complicidad con el crimen organizado que atesta la cúpula de Morena.
La lista de impresentables es inmensa. Quitarlos de los cargos, como a Adán Augusto López y al propio Rocha, ya no basta.
Es un castillo de naipes.
Uno que se está derrumbando junto con la credibilidad del nuevo sistema. Todas las encuestas, incluso las pagadas por el poder, lo revelan. Morena perdió su halo de superioridad moral. La corrupción y la inseguridad la demolieron. Morena no es un movimiento: es un muladar.
Pero el problema es más grave: en el fondo, estamos atestiguando la descomposición del sistema político mexicano. La gobernabilidad está por perderse y está afectando al resto de la vida nacional.
A la República le urge una renovación integral: de su clase política, de su institucionalidad, de su constitucionalidad.
La relación —central para nuestros intereses— con Estados Unidos está totalmente descompuesta. Nuestra dependencia es mortal.
Resolver este galimatías requeriría que la presidenta se asumiera jefa de Estado y no de partido. Los estadistas toman las decisiones más duras porque se elevan sobre los intereses particulares y centran su mirada en un porvenir mejor para su nación.
No sucederá. Vendrá una crisis mayúscula, sistémica.
Por lo pronto, se precipita el derrumbe: una cascada de liderazgos de Morena acosada por la justicia de Estados Unidos porque aquí eso no existe.
Tomen asiento. Como en la obra de teatro del “panzón” Soto en medio de la caída de Luis N. Morones, viene el lamentable espectáculo del “Desmoronamiento”.
@fvazquezrig