Rúbrica

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Cambiar la narrativa

Por Aurelio Contreras Moreno

El anuncio del programa de incentivos fiscales a la producción cinematográfica realizado por la presidenta Claudia Sheinbaum este fin de semana tuvo como protagonista estelar a la actriz veracruzana Salma Hayek, quien con su presencia y su discurso no solo validó al régimen, sino que fue más allá: propuso que con el cine se puede “cambiar la narrativa del país”.

La frase encierra un problema de fondo: cambiar la narrativa no significa realmente transformar la realidad, que es lo que haría falta, sino maquillarla, desplazarla y, en muchos casos, ocultarla.

“Cómo contar las historias es importantísimo cuando estamos siendo atacados moralmente y nuestra imagen está siendo representada de una forma completamente errónea. Poder tomar el control y decir ‘esto es México, no lo que les están vendiendo’. Estos somos nosotros”, dijo, en el acto celebrado el domingo en Palacio Nacional.

Sus palabras se inscriben sin duda en el contexto de los constantes señalamientos del gobierno de Donald Trump sobre la violencia en México y el control que ejerce el crimen organizado en amplios territorios de la nación. Y que más allá de que provengan de un sujeto desequilibrado como el presidente norteamericano, que busca con ello encender a sus bases electorales en un momento en que su aceptación está en su punto más bajo, tampoco es que sean mentira.

En un México atravesado por la violencia, la corrupción y la colusión entre autoridades y criminales, hablar de “cambiar narrativas” es un recurso que busca sustituir los hechos por relatos convenientes. La narrativa oficial pretende hacer creer que el país vive un proceso de “regeneración”, que la violencia es un asunto “heredado” y que las instituciones funcionan. Pero la realidad contradice esa versión todos los días: asesinatos, desapariciones, fosas clandestinas, extorsiones y un Estado que se muestra incapaz y, en muchas ocasiones, cómplice.

El cine, como cualquier expresión cultural, tiene un enorme poder simbólico. Puede visibilizar injusticias, denunciar abusos y convocar a debates. Pero también puede convertirse en un instrumento de propaganda cuando se subordina a los intereses del poder. La idea de “cambiar la narrativa” desde el cine, en el contexto de un programa de incentivos fiscales impulsado por el gobierno, suena a una estrategia para suavizar la percepción pública y legitimar un discurso oficial que niega la crudeza de lo que ocurre en las calles. Al final del día, puede adoptar la forma de un “chayote” cinematográfico.

Salma Hayek, con su fama internacional, se presta a ese juego. No es casual que esas declaraciones se den justo cuando se anuncia un programa que beneficiará a las producciones cinematográficas –como la que ella misma encabeza en este momento en Veracruz y Quintana Roo- con recursos públicos. El mensaje implícito es indiscutible: el cine que se haga bajo este esquema deberá contribuir a la narrativa que el gobierno quiere imponer. Y la actriz se muestra complaciente con eso.

La contradicción se vuelve más evidente cuando se hace notar que la ciudad en la que nació Salma Hayek y vive su familia, Coatzacoalcos, Veracruz, en los últimos días fue escenario de hechos brutales, como los que son cotidianos en todo el estado y todo el país: el hallazgo de tres hieleras con restos humanos abandonadas en la vía pública. Esa es la realidad que se vive en su tierra natal y que a lo mejor nadie le ha querido platicar. Una realidad que no se cambia con películas, sino con justicia, con instituciones que funcionen y con un Estado que deje de ser cómplice de la criminalidad.

Y mientras en Coatzacoalcos se depositan hieleras con cuerpos desmembrados, Salma se desvive en halagos hacia la gobernadora Rocío Nahle. La misma que benefició con contratos multimillonarios a familiares suyos en la refinería de Dos Bocas y en el propio gobierno estatal. La misma que puso a disposición de la actriz helicópteros y elementos de seguridad para facilitar su actual rodaje. La distancia entre la realidad que sufren los veracruzanos y la comodidad de la estrella de Hollywood es abismal.

¿Cambiar la narrativa significa, en este caso, dejar de hablar de la violencia, de la corrupción, de la impunidad, y sustituir esos temas por historias que proyecten un México amable, colorido y turístico? Es la misma lógica que se ha aplicado en otros ámbitos: negar la crisis de seguridad, minimizar las masacres, invisibilizar a las víctimas.

Las declaraciones de Salma Hayek son un recordatorio de cómo las élites culturales pueden convertirse en instrumentos de legitimación del poder. Y de perpetuación de la simulación. Y por cierto: el que desapareció y se birló los incentivos económicos con que se financiaba la producción cinematográfica en México fue Andrés Manuel López Obrador.

Por si ya se les olvidó.

 

Email: aureliocontreras@gmail.com

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