La paz pendiente

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Por Sandra Luz Tello Velázquez

Existe una trampa en la que caemos con frecuencia: pensar que la paz es, sencillamente, el silencio de las armas. Nos acomodamos en una tregua engañosa sin reparar en que el silencio no siempre representa tranquilidad, en ocasiones es sofocamiento, impunidad o desgaste. Mahatma Gandhi decía que, no existe un camino hacia la paz, la paz es el camino. Sin embargo, al contemplar el panorama global y mirar al interior, resulta ineludible preguntarse: ¿hacia dónde está caminando nuestra civilización?

A nivel internacional, el horizonte se tiñe con los matices de una Guerra Fría que parecía acabada. Europa, está envuelta en un preocupante rearme militar, parece haber sucumbido otra vez a la vieja y falaz máxima romana del “si quieres la paz, prepara la guerra”. En lugar de destinar la inteligencia y los recursos económicos para sanar la brecha social o frenar la crisis climática, los Estados miembros aceleran una carrera armamentista que solo garantiza la perpetuación del miedo y la desconfianza entre naciones. Se gasta en la logística de la destrucción mientras la diplomacia real se arrincona como un estorbo.

No hace falta cruzar el océano para sentir que se desmorona la paz. En México, la violencia nos atraviesa a diario y desmorona de golpe cualquier definición superficial. ¿Cómo podemos hablar de paz en un país donde la inequidad hiere y la justicia social sigue siendo una promesa sin cumplir? La paz no es la ausencia de  la guerra armada formal, la paz implica la presencia de dignidad, de equidad y de acceso garantizado a los derechos fundamentales. Mientras persistan la pobreza y las brechas abismales entre comunidades, el germen del conflicto continuará latente.

Uno de los mayores desafíos de nuestro presente es el colapso del sistema de justicia  ante el conflicto social. Cuando las instituciones encargadas de procurar e impartir justicia se muestran rebasadas, burocráticas o insensibles, el tejido social se desgasta, se rompe. La falta de solución frente a los agravios comunitarios genera un vacío que suele ser ocupado por la impunidad y el resentimiento, impidiendo que las víctimas encuentren reparación efectiva.

Ante este panorama, la paz no puede seguir imponerse como un decreto gubernamental, ni exponerse con la presencia de cuerpos policiales en las calles. Requiere, de una educación por y para la paz, es decir, exige un proceso formativo que nos enseñe a desarticular las violencias desde la raíz y a resolver las desavenencias a través del diálogo y la empatía.

Hay que trazar vías concretas de reconciliación y exigencia ciudadana que transformen la realidad territorial. La paz no llegará por la fuerza de las armas, ni por la resignación ante la violencia local. Vendrá cuando entendamos que sin equidad no hay tranquilidad posible, que la justicia debe reconstruirse desde la memoria y la comunidad,  que el diálogo es el único terreno fértil donde la paz deja de ser una utopía para convertirse en un modo de vivir en comunidad.