La retórica del bastón de mando 

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Parabólica.mx

Fernando Maldonado

La entrega de un bastón de mando, como lo hizo el presidente Andrés Manuel López Obrador a Claudia Sheinbaum Pardo, ganadora de la interna del Movimiento de Regeneración Nacional, tiene un profundo significado espiritual y político en la cosmogonía indígena.
No se trata de un ceremonial que merezca frivolizarse y sin embargo ha sucedido a lo largo de unos 70 años. No tiene la culpa el indio, sino quien lo hace compadre, dice el refranero popular. Ha sido la clase política fundamentalmente la responsable de la devaluación de uno de los mayores valores de los pueblos originarios.
Lo que observamos el viernes 8 salió de ese entorno de los pueblos originarios en América Latina para colocarse entre los criollos a los que pertenece la mayoría de la población en nuestro país, desde los tiempos del presidente Adolfo López Mateos el año de 1957 hace 66 años.
Candidato presidencial en ese año, López Mateos recibió el bastón en Guelatao, Oaxaca y luego gobernó a un país que ya no existe. Su sexenio transcurrió de 1958 a 1964, luego vino el poblano Gustavo Díaz Ordaz y la vida pública de México cambió de manera radical, particularmente desde los hechos de la Plaza de las Tres Culturas el 2 de octubre de 1968.
No existe un registro que de cuenta de la entrega del símbolo indígena que dota de autoridad suprema al presidente que salió de Chalchicomula de Sesma en Puebla y aún así, cometió el peor de los latrocinios en contra de la sociedad mexicana al colocar en Gobernación de Luis Echeverría Alvarez, responsable directo del ataque armado en contra de los estudiantes en ese periodo y en 1971, durante el llamado Jueves de Corpus.
Se trata del primer ritual que involucró directamente a los pueblos o originarios en un sitio emblemático en la narrativa histórica del país, en tanto el lugar de origen del presidente profundamente indígena, venerado en la historia oficial y reprochado por grupos conservadores.
Desde ese episodio casi perdido en la historia, el bastón de mando ha pasado de manos de los pueblos indígenas a las de Luis Donaldo Colosio, el candidato presidencial priista victimado en Lomas Taurinas, Tijuana en 1994; José Antonio Meade, candidato presidencial piista derrotado en 2018; y hasta Vicente Fox y Felipe Calderón, de filiación panista, también fueron reconocidos con esa distinción.
José López Portillo, el presidente priista que ofreció cuidar el peso mexicano como un perro y llevó al país a una de las crisis económicas mas severas de la época, fue quizá el único mandatario en funciones en recibir el bastón de mando del pueblo Otomí en 1978 y de ahí para el real.
Lo que no había sucedido a lo largo de la historia, o por lo menos no existe registro de ello, es que un presidente de México en funciones decidiese entregar a su sucesora uno de los instrumentos que simboliza en la cosmogonía indígena al traslado del poder político y espiritual.
Por el liderazgo político, la base social y el talante del presidente López Obrador, la ceremonia de transmisión del poder pareció mas una figura retórica del que suele echar mano para contribuir a la construcción de su propia leyenda y así pasar a la historia como el líder social que nació con el éxodo por la democracia en 1991, cuando solo fue acompañado por el pueblo chontal y uno que otro criollo convencido que el estado de cosas debía cambiar.