Quebradero

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De vuelta, la algarabía escolar

Por Javier Solórzano Zinser

La educación vive en medio de severos rezagos. No es propio sólo de estos años, durante mucho tiempo han prevalecido problemas sindicales y estrategias para desarrollar la educación a imagen y semejanza de los gobernantes en turno, entre otros muchos temas.

En medio de todo esto nos apareció la pandemia, es por ello que las vacaciones fueron cortas, en menos de 15 días de nuevo la educación básica y media superior estarán de regreso a clases. Muchas universidades ya están desde esta semana en clase, como es el caso de la UNAM y diversas instituciones de educación superior; vamos a contracorriente.

Se trata de recuperar el tiempo. La pandemia creó gran desequilibrio educativo y emocional que ha colocado a muchos estudiantes desfasados en todos los sentidos. Lo mejor de lo que se viene es que las clases serán en todos los casos presenciales.

Por más esfuerzos que se hayan hecho con los proyectos de clases a distancia no se compara al estar en el aula participando, intercambiando opiniones, conocimiento y vida con otros estudiantes y con las y los maestros.

Lo que viene va a ser un enigma, porque no queda claro cómo va a quedar estructurado el proceso educativo, sobre todo por los claros intentos de ideologización que han surgido a lo largo de estos casi cuatro años. Querer que los estudiantes aprendan formas parciales, que no integrales del conocimiento a lo que lleva es a una visión parcial del entorno, del país y del mundo.

Educación es formación, socialización y capacitación. Es lo que permite una movilización social y una integración al mundo. A los estudiantes se les enseña a pensar, a entender su realidad y a mostrarles espacios y formas para que desarrollen sus capacidades con espíritu colectivo y de servicio.

Para ello hay que capacitarlos y evaluarlos por más que se diga que no hay que hacer esto último. La evaluación es fundamental para conocer el nivel que tienen los estudiantes, lo que hace diferente el proceso es el sentido que se le da a que los maestros conozcan las capacidades de los estudiantes.

No es un tema punitivo, es un proceso formativo que busca que los alumnos sepan cuáles son los elementos de los que adolecen para poner énfasis en ellos y fortalecer sus conocimientos.

No se trata de señalarlos, se trata que tengan herramientas en su proceso educativo y que no se rezaguen en función del ciclo escolar por el que pasan y por los que aspiran.

El debate sobre cursar una carrera universitaria es interminable y necesario. Como principio hay que abrir a todas y todos la posibilidad de ello, pero para lograrlo se tiene que buscar un proceso equilibrado. Es, sin duda, importante que como sociedad aspiremos a que todos los jóvenes pasen por la universidad, pero también habrá que tener claridad respecto a si eso quieren hacer y si están formados y capacitados para ello, o realmente están interesados en otro tipo de actividades, las cuales no son menores y les pueden ser eventualmente importantes y atractivas.

Es fundamental que el proceso educativo sea formativo y esperanzador. Esto quiere decir que los estudiantes deben saber que a través de su formación en las escuelas se les abre un mundo, el cual los puede llevar no solamente a tener mejores condiciones económicas, sino también a una formación que abra su mente, les ofrezca un sentido y proyecto de vida, los haga comprometerse con el país, y en el camino algo, muy importante, hacerlos felices.

Viene el regreso, viene la construcción de historias en las aulas, la imprescindible y necesaria cotidianidad de las familias y la algarabía escolar, la cual hacía mucha falta.

RESQUICIOS

Lo sucedido el martes en Jalisco, Guanajuato y en carreteras federales es una prueba del tamaño del brutal problema que tenemos. Como en el “Culiacanazo”, no queda claro cuál fue el protocolo de operación. La reacción de la delincuencia organizada fue retadora e incontrolable, fue algo más que una “protesta”.

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