La posibilidad de corregir

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Por Carlos Tercero

En la vida pública una decisión anunciada se convierte en compromiso, el compromiso en posición política y la posición termina defendiéndose incluso cuando las circunstancias que le dieron origen han cambiado. Corregir el rumbo puede entonces parecer una muestra de debilidad, cuando en realidad puede ser una de las expresiones más claras de responsabilidad en el ejercicio del poder, posible únicamente cuando se sabe diferenciar entre consistencia y permanencia.

Gobernar implica tomar decisiones en condiciones de incertidumbre. Ningún gobierno puede prever todas las consecuencias de sus actos ni anticipar con absoluta precisión la evolución de los problemas públicos. Por eso, la capacidad de corregir no debería entenderse como una renuncia a las convicciones, sino como la disposición para reconocer aquello que no funciona, aprender de la experiencia y modificar lo necesario para alcanzar mejores resultados. La política que no admite correcciones termina convirtiendo sus propios errores en inercias.

México se encuentra en un momento que puede marcar un parteaguas en la evolución política de corto plazo al iniciar el proceso electoral de 2027. Más allá de calendarios, campañas y estrategias partidistas, cada elección representa una oportunidad para revisar el rumbo, no solamente porque los ciudadanos decidirán quién habrá de ocupar determinados cargos, sino porque antes de llegar a las urnas los partidos tendrán que decidir quiénes serán sus candidatos y, con ello, qué tipo de perfiles consideran adecuados para ejercer responsabilidades públicas. Ahí aparece una primera posibilidad de corrección. La selección de candidaturas puede convertirse en un ejercicio para revisar criterios, abandonar inercias y reconocer que gobernar y legislar requieren capacidades específicas. El talento, la preparación, la experiencia, el conocimiento de los problemas y la capacidad para construir acuerdos deberían tener un peso determinante. Cuando las candidaturas responden primordialmente a compromisos políticos, cuotas internas o equilibrios entre grupos, existe el riesgo de que la representación termine subordinada a la lógica de los acuerdos. Por supuesto, no se trata de desconocer que la política necesita construir consensos y que los partidos son organizaciones donde existen intereses, trayectorias y distintas corrientes. Se trata de tener presente que una candidatura no es solamente la recompensa a una trayectoria política ni la consecuencia de una negociación interna. Es, sobre todo, la posibilidad de poner frente a la sociedad a una persona que aspira a ejercer una responsabilidad que afecta a miles o millones de ciudadanos.

La corrección del rumbo tampoco termina en los partidos. En una democracia, la sociedad cuenta con un mecanismo fundamental para evaluar las decisiones, las trayectorias y los resultados: el voto libre y secreto. Cada elección permite ratificar, modificar o sustituir las opciones que se presentan ante el electorado, no como un mecanismo de revancha, sino como expresión institucional del mandato público y, llegado el momento, como una forma de sancionar o reconocer mediante las urnas. Por eso, el inicio de un nuevo ciclo electoral es también el comienzo de una conversación más exigente sobre los perfiles que queremos ver en las boletas. La democracia no consiste únicamente en elegir entre nombres que otros han seleccionado; supone también que partidos y ciudadanos asuman la responsabilidad que corresponde a cada uno en la construcción de esas opciones.

Corregir el rumbo exige, en consecuencia, algo más que cambiar personas. Requiere revisar criterios, aprender de la experiencia y reconocer que las responsabilidades públicas demandan capacidades que no siempre coinciden con la popularidad, la lealtad política o la cercanía con quienes toman decisiones. Un buen candidato no necesariamente es el más conocido o el más carismático, sino quien pueda acreditar las condiciones para desempeñar con responsabilidad y eficiencia el cargo al que aspira. Ahí reside la posibilidad de corregir: en reconocer que siempre se puede mejorar, que ninguna decisión política es irreversible y que la democracia ofrece, mediante sus instituciones, mecanismos para ajustar el rumbo. Los partidos tienen una oportunidad al seleccionar sus candidaturas, los gobiernos al revisar sus decisiones y la sociedad al ejercer su voto.

Corregir no significa necesariamente admitir una derrota. A veces significa algo más importante: tener la capacidad de aprender.

 

3ro.interesado@gmail.com