¿Qué cambia cuando una persona llega al poder?

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Por Carlos Tercero

La gran mayoría de los políticos va construyendo, a lo largo de su trayectoria, una red de relaciones con personas de distintos sectores sociales. Empresarios, líderes, académicos, periodistas, comunicadores y, por supuesto, otros políticos forman parte de ese entramado que, además de acompañar sus aspiraciones, se convierte en una fuente de información, en su círculo de debate, análisis, consulta y opinión. Sin embargo, existe un fenómeno que se repite con preocupante frecuencia y que termina afectando la capacidad de percepción y análisis de quienes llegan a una posición de poder. Pareciera que, mientras más relevante es el cargo, más intensa puede ser la metamorfosis en la forma de relacionarse con quienes antes eran escuchados y considerados interlocutores válidos. El fenómeno resulta particularmente evidente con periodistas y medios de comunicación.

Durante años, un político puede tener entre sus amigos y personas de confianza a periodistas, columnistas o directivos de medios cuya opinión escucha, con quienes coincide y con quienes incluso comparte críticas objetivas a gobiernos y gobernantes. Sus conversaciones pueden ser francas, sus desacuerdos enriquecedores y sus análisis una fuente de reflexión para entender mejor lo que ocurre en la sociedad. Pero algo cambia cuando ese político llega al poder. El periodista que antes era un amigo, un confidente o incluso un referente para contrastar ideas comienza, poco a poco, a ser percibido de otra manera. La crítica que antes ayudaba a identificar errores ahora parece una descalificación; la discrepancia se interpreta como falta de lealtad; la pregunta incómoda se convierte en provocación y aquello que antes era un análisis profesional termina siendo considerado una ofensa personal.

Lo verdaderamente preocupante es que, en muchos casos, no es el periodista quien ha cambiado, ni necesariamente su manera de analizar los asuntos públicos. Lo que cambió fue la posición desde la cual el político recibe esa opinión. El poder modifica el contexto emocional e intelectual de quien lo ejerce. Quien antes observaba al gobierno desde afuera y cuestionaba sus decisiones, cuando llega a ocuparlo puede comenzar a sentirse personalmente involucrado en cada crítica. La frontera entre la persona y el cargo se vuelve difusa y cualquier cuestionamiento a la gestión o a su equipo termina percibiéndose como cuestionamiento a su propia persona.

A partir de ahí aparece uno de los mayores riesgos del poder, el efecto burbuja. Alrededor de quien gobierna suelen acumularse personas que, por lealtad, conveniencia o temor, prefieren confirmar antes que cuestionar. El gobernante comienza entonces a escuchar cada vez menos voces independientes y cada vez más aquellas que coinciden con él. La autocomplacencia se convierte en una forma de aislamiento y la información que llega a la oficina principal pierde diversidad. El problema no es tener colaboradores leales; el problema aparece cuando la lealtad se confunde con la obligación de coincidir y un gobernante que solamente escucha a quienes lo respaldan termina tomando decisiones con una versión incompleta de la realidad. Y cuando deja de tolerar la crítica de quienes antes eran sus amigos, interlocutores o asesores informales, no solamente deteriora una relación personal; reduce sus posibilidades de comprender lo que ocurre fuera de su círculo.

Gobernar exige información, pero también contraste. Exige escuchar a quienes coinciden, pero mucho más a quienes tienen la libertad de señalar aquello que no funciona. La crítica profesional no es una amenaza al poder; es uno de los mecanismos que pueden ayudar a evitar sus errores.

Suele decirse que el poder cambia a las personas, aunque quizá sea más preciso afirmar que el poder las revela. Y en este caso, debería permanecer intacta la capacidad de escuchar; la disposición a debatir; la confianza en quienes se atreven a decir lo incómodo y, sobre todo, la inteligencia para distinguir entre una crítica al ejercicio del poder y un agravio personal. Porque cuando un político necesita que sus antiguos amigos dejen de decir lo que piensan para demostrarle lealtad, el problema no está en ellos. Está en esa persona que, por un tiempo, ocupa el poder y ya no sabe escucharlos.

 

3ro.interesado@gmail.com