El veneno en las palabras

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Por Darío Fritz

Puedes enlazar el conocimiento científico de miles de personas durante décadas, volar a más de cuatro mil kilómetros por hora, llegar a lo más lejos del universo, gastarte miles de millones de dólares para eso, pero al mismo tiempo que se convierte en un hecho mundial que nos engloba a todos y nos hace sentir parte de la proeza, aquí, sobre la faz de la tierra, algunos montan guerras artificiales que pueden ser dantescas para la humanidad y las llevan al terreno de lo inimaginable proponiendo literalmente borrar de un plumazo una civilización, algo que ni a los más perniciosos se les ocurrió elucubrar. Tanta desmesura verbal al decir “una civilización entera morirá esta noche, para no volver jamás”, como advirtió a Irán Donald Trump, porque a eso es capaz de llegar, a sabiendas de que tiene las herramientas militares para hacerlo, frente a los que el viaje de Artemis II nos sintetiza como civilización, habla de qué tan frágiles somos ante las aspiraciones mesiánicas circunstanciales de un lunático -así le han calificado algunos de sus fans de MAGA- con poder.

Algo seguimos haciendo mal y no hemos aprendido para dejar en manos de unos pocos, la mayor parte de las veces una sola persona, las decisiones que nos incumben a millones, o en la amenaza anti iraní a miles de millones por sus consecuencias. Pasó con Hitler, Mussolini, Stalin, Pol Pot, en tiempos cercanos. Lo padecemos hoy con Trump, Putin, Kim Jong-un, Netanyahu o el estado de los ayatolas. Y no hay régimen que no lo tenga, desde la democracia a los teócratas.

En la impronta de la consumación del nuevo orden mundial -bien deberíamos llamarlo desorden hasta tanto no se transparente cómo se alinearán todas las fichas-, está claro que la rapacidad económica se complementa con la imposición militar de las bombas. A unos casos ejemplares le siguen los alineamientos como consumación del terror. A los aranceles, el control de las energías, llámese petróleo o gas, el dominio territorial ajeno, le sigue el lanzamiento de misiles.

El lenguaje belicoso bien sirve también para que nos entendamos, se advierte. Llega al paranoico “una civilización entera morirá esta noche, para no volver jamás” (salto superior al “los devolveré a la Edad de Piedra”), pero se vale también del “sanguijuela” dirigido al migrante, la burla pública para una presidenta que dialoga en privado, el “maltratado por su esposa” para un aliado, o el ya clásico te cobraré aranceles si no haces lo que quiero. La amenaza no es solo al nivel general de lo que deben hacer los otros en las políticas más clásicas de subordinación. En una reciente reunión de seguridad en Ottawa, en marzo pasado, europeos, canadienses y australianos recibieron de estadunidenses la advertencia de que se necesita mirar hacia un nuevo enemigo que se cocina supuestamente al interior de cada país: el terrorismo de extrema izquierda de comunistas, marxistas, anarquistas, anticapitalistas, las “ideologías ecoextremistas” y “otras ideologías antifascistas autoidentificadas”. Algo de lo que ya ha comenzado a permear sobre algunos aliados en América Latina, que declaran terroristas a grupos criminales, incluso sin que existan en el lugar, aceptan que se destruyan embarcaciones frente a sus costas o callan protestas a bastonazos y gases lacrimógenos.

Las palabras envenenadas del día a día abren las puertas a la violencia más descarnada. Los misiles caen lejos de aquí, sobre Teherán, los bombardeos sobre Líbano, los drones sobre Kiev, pero la lógica de te escupo a la cara y si reaccionas te pisoteo como nunca te hubieses imaginado, se instala como certeza. Lo sufrimos en el precio de las gasolinas, vía subsidios forzosos, en la criminalidad que lo practica hace tiempo en cada extorsión, en la normalización del insulto en la calle por una pelea de tránsito. La violencia ya no escandaliza. Ni en casa ni en palabras que surgen de bravucones con capacidad de daño. Apenas si miramos a la distancia, a ver cómo le duele al otro.