Quebradero

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Crisis inédita

 

 

Por Javier Solórzano Zinser

La llamada 4T está en uno de sus momentos más críticos desde que accedió al poder en 2018. No le están alcanzando sus evidentes esfuerzos de dirigir la narrativa para tratar de que las cosas tomen un rumbo diferente. Más bien lo que ha pasado, es que, en este proceso, la crisis se ha venido agudizando.

En ocasiones, la estrategia le ha resultado contraproducente, si bien puede permear entre sus seguidores, también es claro que no tiene que ver con el estado de las cosas. Tratar de distraer o cambiar el discurso no necesariamente termina por dar resultado, aunque en lo inmediato pueda tener un efecto aparentemente positivo.

El caso Taddei sigue siendo un problema real para la 4T. No hay día en que no aparezcan nuevos videos en que quede evidenciado el alto nivel de presunta discrecionalidad y corrupción, bajo las cuales se manejó a lo largo de estos tres años.

El problema se agudiza en los intentos de explicación de las cosas porque se está tratando a toda costa de deslindarse de responsabilidades, directas e indirectas, que eventualmente tienen. La consigna es clara: Guadalupe Taddei no es de Morena como si eso la desligara del impulso que le otorgó el oficialismo.

La manera en que la Presidenta ha ido involucrándose en el tema le quita el sentido de autonomía al Instituto. Guadalupe Taddei no tenía por qué ir a Gobernación de donde salió con su renuncia, la cual se dio a conocer al día siguiente. Antes de ello, recordemos, andaba con la singular idea de “dejar que las cosas se enfríen”.

La Presidenta tiene todo el derecho a expresar su opinión sobre lo que está pasando. La recurrencia con la que se ha referido al tema es prueba de su preocupación, pero, particularmente, es manifiesto que le ha afectado a la 4T. Su preocupación es válida, pero ello no significa que puede intervenir en el Instituto.

El problema toca las fibras más sensibles del proyecto de Gobierno y de lo que llaman transformación. Está en el centro la corrupción que ha llevado a la desconfianza en un Instituto que, como fuera, genera o generaba certidumbre entre los ciudadanos.

Los intentos por deslindarse tienen que ver, precisamente, con ello. Por un lado, empieza a permear en el imaginario colectivo que el narcotráfico está ligado a políticos del oficialismo, lo llaman “Narco-Morena”. Ante esto han acudido a todo tipo de tribunales para impedir que el concepto se asiente.

Por otra parte, se les ha aparecido flagrantemente la corrupción. Si en algo fueron vehementes durante mucho tiempo en Morena es en asegurar que “no somos como los de antes”, una prueba de ello, aseguran, es su lucha contra la corrupción; resulta que desde hace algún tiempo tienen el problema en la cocina.

El INE está entre nosotros de muchas maneras. Lo traemos en nuestra cartera para identificarnos y ejercer nuestro voto. Es una institución que los ciudadanos arropamos y defendemos. Algunas mediciones respecto a esta crisis están colocando al INE con niveles adversos nunca vistos lo que incluye a Morena.

La forma en que se ha abordado el asunto desde Palacio Nacional lleva a que la Presidenta busque responsabilidades en diferentes ámbitos, lo que incluye el pasado, sin entrar de lleno en las razones por las cuales estamos en medio de esta muy lamentable crisis.

El problema no va a dejar de estar entre nosotros con todo y la llegada de una nueva presidenta. Una de las claves está en la forma en que se elija a la persona que sustituya a Taddei. En medio de la crisis, insistimos, está la oportunidad de poder resarcir la confianza en el INE.

Por más que se busquen nuevas narrativas, estamos ante una curva de desconfianza que nos va costando a todos, empezando por el oficialismo, hay ya indicios de ello.

RESQUICIOS.

Difícilmente trascenderá el mensaje de Andrés Manuel López Beltrán. Frío, sin sustancia y con lugares comunes. Parece que sólo por ser él hay que creerle. Andy es el hijo que no el padre con quien, por cierto, crecen las dudas.