México: votar ya no basta para creer en la democracia

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Por Eduardo Romay Olmos

Hay datos que deberían obligarnos a detenernos. No porque anuncien una catástrofe inmediata, sino porque muestran algo más silencioso y, quizá por eso, más peligroso: el cansancio de una sociedad con su democracia.

El Latinobarómetro 2026 acaba de poner sobre la mesa una realidad que México no debería pasar por alto. En apenas dos años, la proporción de mexicanos que considera que la democracia puede tener problemas, pero sigue siendo la mejor forma de gobierno, cayó de 74% a 53%. En América Latina ese porcentaje llega a 65%. México está 12 puntos por debajo.

No es un simple dato estadístico. Detrás de esos números hay ciudadanos que empiezan a preguntarse si la democracia realmente está resolviendo sus problemas.

Y ahí comienza la preocupación.

La satisfacción con el funcionamiento de la democracia también cayó de manera importante: pasó de 50% en 2024 a apenas 30% en 2026. Mientras tanto, la insatisfacción subió hasta 67%.

¿Qué significa esto?

Que una parte importante de los mexicanos no necesariamente está rechazando la democracia, pero sí está decepcionada de cómo funciona. Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas.

El peligro de que “dé lo mismo”

Quizá uno de los datos más reveladores sea el relacionado con la indiferencia.

En 2024, 22% de los mexicanos decía que daba lo mismo un régimen democrático que uno no democrático. En 2026 esa proporción subió a 30%.

Al mismo tiempo, quienes prefieren la democracia bajaron de 49% a 45%, mientras que quienes prefieren un gobierno autoritario descendieron de 24% a 17%.

Esto merece una lectura cuidadosa.

El problema no es solamente que haya mexicanos que quieran un gobierno autoritario. El problema es que hay cada vez más ciudadanos a quienes les empieza a dar igual.

Y cuando a una sociedad le da lo mismo vivir en democracia que bajo otro régimen, la democracia pierde uno de sus principales mecanismos de defensa: la convicción ciudadana.

Una democracia no se sostiene únicamente con leyes, tribunales y elecciones. Se sostiene también porque la gente cree que vale la pena defenderla.

La paradoja mexicana

Aquí aparece una de las mayores contradicciones del estudio.

Mientras disminuye la convicción democrática, 53% de los mexicanos manifiesta tener mucha o algo de confianza en el Instituto Nacional Electoral. Ese porcentaje coloca a México como el segundo país de América Latina con mayor confianza en su autoridad electoral, 19 puntos por encima del promedio regional. Además, 68% considera que sin elecciones no hay democracia.

Es decir, los mexicanos todavía creen en algo fundamental: la elección importa.

Pero el problema aparece después de la elección.

La confianza en los partidos políticos es extraordinariamente baja: apenas 18%. También existe un cuestionamiento importante hacia instituciones como el Congreso y el Poder Judicial.

La ciudadanía parece decirnos algo muy claro:

“Quiero votar, pero no necesariamente confío en quienes me piden el voto.”

Ese mensaje debería ser escuchado por todos los partidos, sin excepción.

La democracia no puede reducirse a una boleta

Durante mucho tiempo hemos cometido el error de pensar que la democracia comienza y termina el día de la elección.

No es así.

La elección es apenas el punto de partida.

La democracia también significa que el ciudadano tenga seguridad para salir a la calle, oportunidades para mejorar su vida, servicios públicos que funcionen, justicia cuando la necesita y gobiernos que rindan cuentas.

Cuando esas cosas no suceden, la democracia comienza a parecerle lejana a la gente.

Por eso resulta particularmente preocupante otro dato del Latinobarómetro: 53% de los mexicanos está de acuerdo con que no le importaría que llegara al poder un gobierno no democrático si éste resolviera los problemas del país. Y 63% considera que un poco de “mano dura” no vendría mal.

No creo que esto deba interpretarse como que México quiere una dictadura.

Sería una conclusión simplista.

Lo que estos datos muestran, más bien, es que existe una ciudadanía cansada de esperar resultados y que comienza a colocar la eficacia por encima de los procedimientos democráticos.

Y eso sí debería preocuparnos.

El verdadero desafío rumbo a 2027

México se encamina hacia el proceso electoral federal de 2027 con una ciudadanía más exigente, menos paciente y mucho más desconfiada.

El reto no será solamente lograr que la gente salga a votar.

El reto será conseguir que vuelva a creer que su voto tiene sentido.

Los partidos tendrán que recuperar la confianza desde abajo, no mediante propaganda, sino mediante resultados, cercanía y congruencia.

Las instituciones electorales tendrán que preservar su credibilidad.

Los gobiernos tendrán que entender que gobernar no significa solamente ganar elecciones.

Y los ciudadanos tendremos que recordar que la democracia también exige participación, vigilancia y responsabilidad.

El Latinobarómetro 2026 no está diciendo que la democracia mexicana haya muerto.

Está diciendo algo más incómodo: la democracia está perdiendo creyentes.

Y una democracia con ciudadanos indiferentes es mucho más vulnerable que una democracia con ciudadanos críticos.

Por eso, antes de preguntarnos quién ganará las elecciones de 2027, deberíamos hacernos una pregunta más importante:

¿Qué tenemos que hacer para que los mexicanos vuelvan a sentir que la democracia vale la pena?

Porque el verdadero riesgo no es que la gente deje de votar.

El verdadero riesgo es que siga votando, pero deje de creer.

Y cuando una sociedad deja de creer en su democracia, las urnas pueden seguir abiertas, pero la democracia comienza a quedarse sola.