Por Darío Fritz
Uno escribe algo para contar otra cosa. En el puerto seco de Pantaco, en la alcaldía capitalina de Azcapotzalco, tan solo diez por ciento de los miles de contenedores de mercadería de importación que entran por ferrocarril año a año, son supervisados físicamente. Hay que creerle a las declaraciones aduanales que se presentan, los formularios que se llenan, los registros que el personal ingresa a las bases de datos del sistema aduanal, de que todo aquello está en regla. Lo que se dice bolsas Hermès, son Hermès, los patines eléctricos, patines eléctricos, las pantallas MicroLED, MicroLED. Y sobre todo que cuando su valor se declara de 90,000 pesos por pantalla, sí son 90,000 pesos. Esto lo sueltan quienes conocen de importaciones y han precisado en su momento funcionarios de Aduana. Como el año pasado cuando entre ese diez por ciento, hallaron 33 contenedores con mercadería apócrifa por más de 300 millones de pesos. Diez por ciento, insisten. Si acaso llega al 15. Del 90 por ciento restante no se puede narrar, solo queda como atenuante la desconfianza, pero debería ser el otro lado de lo que existe y no es ficción.
Escribimos algo para contar otra cosa. Cuando un extranjero quiere hacer el trámite digital para su naturalización -la única supuesta manera de hacerlo-, dedica un día -el único en el mes en que se permite, en septiembre será el 25 desde las 17 horas- para llenar un formulario, pero en el último paso, el de que se le otorgue una cita, nunca se puede completar -al menos en los últimos cuatro meses. En el servicio de naturalización de la Cancillería, en realidad no están dando citas en Ciudad de México, aunque se niegan a admitirlo, como sí en los casos de Monterrey y Mérida. Pero si alguien está muy urgido y cuenta con 70,000 pesos, de un día para el otro aparece la cita -obviamente presencial y en el cuarto oscuro como en los votos-, y el trámite resulta muy efectivo, se resuelve en quince días. Otra vez, escribimos ahora sobre una necesidad, pero terminamos en otra cosa.
Policías de Guanajuato y de Gendarmería entran a un complejo de distribución de hidrocarburos y aseguran hallar 59 millones de combustibles sin origen lícito. Después del regocijo de los comunicados oficiales festivos, llegó la aclaración de los perjudicados de que aquello no era ilegal y puso a tambalear la justificación de los investigadores. El relato comenzó por quien tiró la piedra, pero se pasó a relatar sobre otra cosa.
Se escribe acerca de los datos dolorosos del conocimiento de los estudiantes de secundaria en cuanto a matemáticas y comprensión lectora, aunque se interesa en convertir en relevante otras cosas menores y de calidad dudosa: que los estudiantes de escuelas públicas están mejores que en establecimientos privados o del desacuerdo sobre cómo se aplica la prueba internacional, ahora que los resultados son negativos, aunque se acepta participar en ella. Un documento en este caso que pone las barbas a remojar para cualquiera que quiera ver el estado de la formación de sus jóvenes, reescrito con la justificación del que solo quiere ver otra cosa.
Uno escribe algo para contar otra cosa. La definición certera y áspera la tomo de María Gainza en Nervio óptico. Quizá sea este un instinto de supervivencia, ir por el lado A de las cosas, el que está en el status quo y flota a la deriva, con la intención de que no se le vea, nadar de muertito, pero la realidad nos arrincona y empuja a ver lo que realmente se mueve. Y cimbra porque nunca será espejo y pocas veces se hallará limpio. Quizá sea un defecto del adiestramiento periodístico de buscar la piedra donde supuestamente solo hay agua. Y yo que me levanté con la cabeza rondando en contar en este texto la tranquilidad de que el apocalipsis no haya estallado como nos entretienen los millonarios de Silicon Valley, aunque suene a huida de la realidad para acomodarme en la ficción.