Legado

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Por Carlos Tercero

Al tomar un cargo público, difícilmente encontraremos a un gobernante o a un político que no plantee que va a trabajar para ser el mejor de todos los tiempos, el o la mejor que haya ostentado dicho encargo. Es natural, finalmente se busca trascender, dejar huella, heredar un legado; lo complicado es el camino subsecuente, pues la tarea requiere no solamente a una persona capaz de gobernar, sino que, por principio de cuentas, observe el ejercicio de la política con perspectiva histórica, es decir, que reflexione y sea consciente de qué ocurrirá cuando ya no esté en el poder, trascendiendo su mandato como parte de un esfuerzo institucional continuo que permita construir el mañana.

Asimismo, se requiere tener claridad en que, más allá de la inmediatez y la urgencia que prevalecen día a día en el encargo, es indispensable conservar la serenidad y templanza que permitan verificar que cada proyecto sea, al menos, socialmente justo, financieramente viable, políticamente incluyente y ambientalmente sustentable; tarea nada fácil cuando no se tiene una visión política y estratégica de la asignación y ejercicio presupuestal, cuando existen distorsiones y omisiones respecto de los más elementales principios en materia de administración pública. Y el énfasis es pertinente, porque una de las mayores dificultades de la administración pública se encuentra precisamente en la obtención y posteriormente la correcta aplicación de los recursos financieros, es decir, en convertir el presupuesto en resultados y evitar que el dinero público termine subordinado a intereses particulares, improvisaciones o decisiones de corto plazo.

Otra gran complicación que da al traste con muchos de los mejores propósitos de un gobierno es, sin duda, el intento de engrandecer a amigos y afectos, en lugar de rodearse de talento, pues como bien advierte el periodista Eolo Pacheco: “El poder en esos niveles es una disciplina estrictamente profesional que no admite improvisaciones; el talento no se otorga por decreto de nombramientos, ni la experiencia se compra en la miscelánea de la esquina.”

Pretender desarrollar proyectos estratégicos desde la inexperiencia y el desconocimiento suele conducir a la ocurrencia y a la autocomplacencia. El servicio público demanda equipos profesionales, capaces de discutir las decisiones, advertir riesgos y construir alternativas. La lealtad política es necesaria, pero nunca debe confundirse con incompetencia ni convertirse en sustituto del mérito.

El éxito de un proyecto político tampoco consiste únicamente en alcanzar el poder, sino en generar las condiciones para que sus mejores resultados tengan continuidad. Para ello se requiere formar cuadros, desarrollar capacidades e impulsar a mujeres y hombres con los perfiles necesarios para asumir responsabilidades ejecutivas y legislativas. La sucesión política no debería depender de la cercanía con quien gobierna, sino de la capacidad demostrada para preservar lo que funciona, corregir lo que debe cambiar y construir lo que todavía hace falta.

En ese propósito también resulta indispensable respetar la división de poderes y preservar la autonomía de las instituciones. La construcción de un proyecto político de largo plazo no requiere controlar todas las posiciones estratégicas, sino contar con instituciones suficientemente sólidas para que las decisiones públicas trasciendan a las personas y los gobiernos.

Quizá la manera más imprecisa de construir un legado sea precisamente obsesionarse con dejarlo. Cuando el gobernante concentra su atención en cómo será recordado, corre el riesgo de convertir el gobierno en una búsqueda permanente de reconocimiento. La verdadera trascendencia ocurre de otra manera.

Un legado político no se decreta, no se anuncia y tampoco se inaugura. Se construye cuando las decisiones de hoy siguen produciendo beneficios cuando quien las tomó ya no está en el poder. Por eso, más que pensar en el legado, gobernar exige altura de miras, atender con mesura lo urgente sin comprometer lo importante y tener siempre presente que el poder es temporal, pero las consecuencias de ejercerlo pueden permanecer durante generaciones. En síntesis, el legado no debe ser el objetivo inmediato del gobernante; debe ser la consecuencia de su estilo personal de gobernar.

 

3ro.interesado@gmail.com