Quebradero

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Mañaneras

 

 

Por Javier Solórzano Zinser

Las mañaneras fueron pensadas más que como mecanismo informativo, como instrumento para poder contrarrestar la crítica que pudiera recibir López Obrador de los medios desde que fue electo jefe de Gobierno de la CDMX.

La estrategia le dio resultados. Se fue convirtiendo en el espacio en que no sólo se defendía e informaba muy a su manera, sino que también arremetía contra quienes consideraba sus adversarios, empezando por los periodistas; éste fue uno de sus ejes centrales.

El tono de las mañaneras se fue agudizando cuando ganó las elecciones presidenciales. El espacio se convirtió en un elemento clave para la gobernabilidad. No había manera de cuestionar nada de lo que dijera el presidente, y más bien todo pasaba por una narrativa que convertía en “la verdad”, la cual se propagaba por todos lados, a la cual le hacían eco sus millones de seguidores.

La mañanera era el instrumento para tirar línea y para informar de todo lo que quería y decidía López Obrador muy a su manera, a la vez que le servía para atacar de manera directa a periodistas y personajes que fueran críticos de la llamada 4T.

Al paso del tiempo, la efectividad de las mañaneras fue manifiesta, al menos entre sus seguidores y entre todos los gobiernos morenistas. El mecanismo se replicó entre gobernadores de la mayoría con tonos similares, pero definitivamente distantes de la efectividad de lo que hacía el tabasqueño; en muchos casos bajo una torpeza supina.

Todo lo que no saliera de la mañanera se desacreditaba. La crítica de los medios fue considerada como si viniera de los adversarios. Nunca fue considerada, porque en el fondo la crítica externa y la autocrítica no eran instrumentos de gobierno.

El presidente decía lo que creía y quería sin importar si fuera cierto. Muchos ciudadanos afectados por los señalamientos y sarcasmos presidenciales solicitaron el derecho de réplica debido a que eran mencionados con falsos argumentos. Poco o nada importó. La mañanera se ceñía única y exclusivamente a lo que decidía el presidente.

Por más falsos que fueran los argumentos presidenciales, lo que importaba era lo que prevalecía y lo que prevalecía en muchos casos eran historias paralelas que no tenían que ver con los hechos. Las mañaneras se extendían por todo el país. Los medios de gobierno, nacionales y estatales, la transmitían de manera íntegra, lo que en algunos casos hacía que el mensaje se expandiera un poco más por el país.

El expresidente definió la agenda-país como opositor y jefe de gobierno. La diferencia cuando llegó a Palacio Nacional fue que tenía el micrófono nacional y un poder abrumador.

Fue dejando a un lado a los medios privados a sabiendas de la efectividad que iba adquiriendo su mecanismo “informativo”, y que los tenía de la mano con la publicidad oficial. Para López Obrador dejó de ser importante la cobertura efectiva de la televisión, radio y prensa a pesar de su efectiva cobertura, la cual rebasaba por mucho la de los medios del gobierno.

El criterio cambió y la publicidad oficial se dirigió, en muchos casos, hacia medios afines buscando en algunos casos salvarles el pellejo y fortalecerlos.

Con la actual Presidenta las cosas no han cambiado mucho que digamos. La narrativa es similar, aunque por momentos es menos agresiva. Sin embargo, estamos ante una gran cantidad de afirmaciones que no pueden ser comprobadas y de señalamientos que a menudo son contradictorios.

Bajo este panorama surgen cuestionamientos sobre las mañaneras en función de la propuesta de regulación. Los señalamientos y la información que puede ser cuestionada en este espacio, en sentido estricto, deberían tener el derecho de réplica y su verificación, la cual ni en este sexenio y ni en el anterior han tenido cabida; es un tema.

RESQUICIOS.

La Presidenta dijo ayer que si quisiera llevar a cabo un proceso de censura, en referencia a la multicitada regulación, ya lo habría hecho.