Por Darío Fritz
Con los ojos cerrados no llegaríamos lejos, aunque es factible hacerlo. Los niños lo experimentan y para los adultos es una apuesta por juegos de caja de pandora o ruleta rusa. Al crédulo lo invitan a unos días de ocio y acepta a ojos cerrados. Ni importa tanto el lugar como el programa que le espera. Sol, playa, comida, lectura. Le han dicho Cancún y se le encandilan los ojos. Lo conoce, sabe lo que vale porque lo ha pisado. Y ha leído. Desde la mirada paradisíaca a los sinsabores para la población que ha migrado hasta allí en busca de trabajo. De casos de crímenes y narcotráfico y corrupción política. De las algas marinas que enturbian sus aguas y se enclaustran en la arena. No ha de ser tan malo ese contexto, confía, el mundo de las vacaciones suele desentenderse de esas nimiedades que sufren los del lugar, pero no así los forasteros. La cara amable debería prevalecer, llegar al paraíso tiene tropiezos que se pueden superar. La vida no es una red social, pero puede parecérsele. Entre lo malo y lo bueno, mejor darle lugar al optimismo.
Pronto el paraíso se confirma un fiasco. Los ojos ciegos entienden de errores. Al llegar, el área de albercas del hotel concentra tantos cuerpos rostizados como un mediodía de sábado la gente se apiña en el centro de cualquier ciudad mexicana. Y solo unos desatinados como el invitado confiado buscan las palapas de la playa. El mar marcha con bandera roja todo el tiempo, y no por circunstancias meteorológicas. Entrar allí solo será para olfatos de cocodrilo. El penetrante olor del sargazo, que ni la mejor brisa quita del ambiente, se complementa con sus insidiosos tallos y hojas que rozan los cuerpos de los bañistas en una fastidiosa sensación de moverse -ya no se puede decir nadar- entre desechos. Como en aquella vidriera publicitaria de “se mira pero no se toca”, el mar caribe se vacía de vacacionistas.
¿En qué momento se jodió el caribe mexicano?, parafraseando a Mario Vargas Llosa. Desde las primeras apariciones masivas de la macroalga en 2011, su implicancia para la economía turística no había impactado como a partir de 2025 en que comenzó a mermar la afluencia del turismo y estalló este 2026 -caída del 70% dicen los hoteleros-, ya motivó el reclamo generalizado de la industria. La respuesta oficial ha sido de una fuerte inversión que pretende atacar el problema desde varios frentes, el principal impedir su llegada a las playas con su captura en altamar y barreras de contención.
En qué momento se jodió Acapulco para ya nunca recuperarse, bien podría ser el ejemplo para que la Riviera Maya no sufra el mismo descalabro. Un taxista de esos que tienen el pulso de su terruño decía al turista crédulo que unos colegas como los suyos que estafan a sus clientes en aeropuertos y calles, y una corrupción consistente como en el área de seguridad -la Guardia Nacional tiene su fama ganada allí-, ralean también el turismo. El sargazo espanta, los otros condimentos aterran. Poner los huevos en una sola canasta puede que no dejen ver el bosque completo. Ya se sabe que para destruir bien basta un alto gramaje de desidia, aportes de una memoria ausente y dosis en alta escala de complicidad.