Encontrar la luz

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Por Darío Fritz

Hay días. Muchos a veces. Días en que el contexto nos lanza pedradas, agua helada sobre el cuerpo frío, un revólver en el juego de la ruleta rusa. Y paraliza hasta el señuelo de escapar a la cama y quedar atrapado entre las cobijas. El nutriólogo que te dice, nada de desayunos fuertes, ni jugos, ni pan, ni café, ni las legumbres antes de los diez próximos días. Que si dormiste menos de siete horas el corazón tiene 24 por ciento más de posibilidad de que se achicharre y te dé un susto. Qué sí a las proteínas, la achicoria y los frutos secos. Al menos es algo. Que sí, tome mucho sol, produce menos cáncer, y no consuma productos naturales que no sean de su región. Que cada cuarenta minutos, unas sentadillas y flexiones tonifican los músculos, dice.

La pedrada de la maestra, enojada por los berrinches ese día del hijo que andaba de malas. Del técnico de mirada de iceberg en los estudios de rayos X. Quítese eso, acérquese allí, no respire, no se mueva. Ya váyase, terminamos. La pedrada del político, la política, que se queja porque le mandan mensajes de odios, aunque nunca reflexiona cómo cansa que dirija a diario su dedo a troche y moche. El político, la política, que se monta sobre una camioneta de lujo, rodeado de matones, para ir a decirle a la multitud de pobres que les resolverá la vida, pronto muy pronto. El político, la política, que se purifica en misa, en fotos con el Papa, defendiendo desde el púlpito la honorabilidad militar. Las pedradas de los presentadores de televisión y las activistas de la fiesta de vestidos de noche ajustados como morcilla, ofreciendo sermones del mediodía sobre los éxitos, el triunfo de la meritocracia, el imprescindible cirujano plástico. La pedrada de cada paso en la calle, embalsamada por olores a orines.

En días como estos, de pedradas y balas girando en el tambor, temprano o tarde nos lanzamos por alguna alternativa para confrontar el escepticismo, como recurrir a quienes han dejado huella. Recurrir a la novedad. Quizá porque “tiene un aire de cosa ida, de pasado inmediato”, como dice Valeria Luiselli. “Comienzos y finales… se confunden”. Escribió Octavio Paz: “En el alba de callados venenos / amanecemos serpientes / amanecemos piedras / […] ¿Qué tierra es ésta? / ¿Qué extraña violencia alimenta en su cáscara pétrea? / ¿Qué fría obstinación, / años de fuego frío, / petrificada saliva persistente, / acumulando lentamente un jugo, / una fibra, una púa?

Este tremendo poema de 1937 que Paz títuló “Entre la piedra y la flor”, me lleva a una historia de mujeres torturadas, explotadas y destruidas en la Irlanda de hace casi un siglo. “La mujer en la pared”, en realidad varios centenares de mujeres muy jóvenes en un pueblo ultraconservador, cuenta su entrega y abandono a una congregación de monjas católicas, dado que se habían embarazado solteras, fueron infieles o tuvieron algún trauma que las hacía “poco razonables”.

La formidable Ruth Wilson de la miniserie, como la adolescente a la que le quitan a su bebé y lo buscará durante décadas, desnuda la trama de tráfico de niños de la que todo el pueblo es consciente, y por supuesto la jerarquía de la Iglesia. Su lucha por dar luz a mujeres invisibilizadas hoy tiene correlato en las víctimas del feminicidio, la desaparición y la discriminación, aquellas que también buscan a sus hijos arrebatados por la criminalidad. Paz llama a salir adelante: “Nada sino la luz. No hay nada, nada / sino la luz contra la luz rabiosa…”.

@DaríoFritz