Los mexicanos no le tememos a la muerte

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Por Sandra Luz Tello Velázquez

La fiesta de muertos es señalada como una de las tradiciones más representativas que se conmemoran en México, sin embargo, diversos estudios históricos muestran que no hay evidencia de que en los pueblos prehispánicos de Mesoamérica existiera una celebración particular denominada “Día de Muertos”.

Tiempo atrás, en la Europa Medieval  se incorporaron al calendario cristiano antiguas festividades celtas y germanas vinculadas a mitos donde los seres de otro mundo tenían permiso de visitar a los vivos y las hicieron coincidir con las celebraciones de todos los Santos, transformando las fiestas paganas en una conmemoración cristiana católica.

Cuando los españoles se establecieron en territorio mexicano, el motivo central para la celebración durante los siglos XVI y XVII formó parte de la cultura barroca, tanto en las altas esferas como en los niveles populares del mundo hispánico y fue utilizada como un elemento más para incorporar la cristiandad en la sociedad indígena es por tal motivo que el día de muertos en México se transformó en una fiesta indígena colonial, aunque no prehispánica.

El pan de muerto (que se produce con sus variantes en diferentes regiones de Italia, España y Austria), velas, flores, adornos de papel, comidas colocadas en los cementerios parroquiales y en los hogares de lugareños, se incorporaron al día de muertos colonial, de esa forma se construyó una mezcla, producto de la imaginación colectiva, los mitos, ritos y creencias europeas que se unieron a la del Mictlán (el lugar donde van los muertos).

El día de muertos es una de las tantas construcciones que nos han dado identidad, reforzado por las ideas del XVI que señalaban que la muerte no es súbita y que cuando dejamos de pensar en nuestros difuntos y estos se esfuman de la memoria de sus descendientes entonces desaparecerán por completo. Dicho discurso se enriqueció en la Revolución Mexicana, hasta convertirse en arte con el grabado de la Catrina de José Guadalupe Posada y su reinterpretación en el mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central” creado por Diego Rivera.

Es por lo anterior que, a lo largo de la historia de los mexicanos, la fiesta dedicada a los muertos nos remite tanto al Mictlán y a esas estructuras con calaveras como a las ofrendas en los hogares, con niveles que forman escalones de la tierra al cielo. En la actualidad, son pocas las culturas que llevan a cabo una celebración donde se abre la puerta a los muertos en fechas particulares, en otros países se huye de los muertos, se les transforma en fantasmas, se les expulsa y exorciza en México se les convida a pasar a la mesa y comer en familia.

Nuestra cosmovisión de la vida codifica a la muerte en una composición en la que predominan colores que conducen a la nostalgia y contrastan, entre el brillo de la flor de cempasúchil, el papel picado y las luces de los cirios que guían a los espíritus, ofrendamos lo que nosotros, como seres humanos vivos, somos capaces de compartir, celebramos a la muerte sin temor, ese es el ánimo que cautiva al extranjero y al propio mexicano.

Finalmente, nos enorgullece nuestro folclor por su acercamiento gozoso y lúdico frente a la muerte, a la que una vez al año se le rinde culto para venerar y reafirmar a la vida.

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