Sin memoria, todos tienen la razón y todos son culpables

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Por Pedro Gabriel Vázquez Espinosa

Entre otras cosas, la política es una mezcla de tiempos e individuos. Lo primero explica el presente y define el futuro ofrecido. Lo segundo son las personas y los personajes, más lo uno que lo otro.

La historia regularmente es aburrida, hasta que afecta nuestro presente. Debemos hacer observación y recuperar las constantes y las tendencias por las que hubo algunos desenlaces para anticipar los que podrían repetirse.

Así, ejerciendo el voto con libertad como logro de la democracia actual, accedimos a la alternancia política en los años 2000, 2012 y 2018. La decisión se tomó en las urnas y la tarea de concretar pasó a quien lo ofreció y por cómo lo ofreció, en lo económico, lo político y lo social.

El cambio democrático debió haber ocurrido antes, especialmente después de la crisis política de 1968 -autoritarismo- o hacía 1980 -debacle económica y desigualdad-. Sin embargo, el sistema se aferró al legado de la Revolución Mexicana y se prolongó hasta el deterioro fatal, donde el PRI aún sigue pagando el precio, por su permanencia antidemocrática en el poder.

La alternancia 2000-2012 se centró en la encomienda “Económica”, con un mayor orden dentro de la administración pública y dejando que la mano invisible hiciera su trabajo, porque el mercado era capaz de alcanzar el nivel de bienestar social máximo. Esto fue insuficiente.

La segunda alternancia 2012-2018 apuntó a una encomienda de “Reformas”, todas por decreto y al mismo tiempo, que provocaron la pérdida del control del gobierno y partidista. Duró muy poco y es recordada por la superflua moral pública de sus impulsores.

Desde finales de 2018 vivimos en la tercera alternancia con la encomienda de “Transformar”, que enfrenta en el discurso al neoliberalismo, valiéndose de una necesidad auténtica “los pobres primero”.  Cada día hay menos tiempo para que la efectividad supere al simbolismo.

El análisis del sistema político, económico y social de México es más útil haciéndolo en plazos largos, sustentado con la observación histórica y la actualidad política.

El sistema neoliberal generó abundancia a través de la competencia, pero falló dejando todo al libre al mercado, cuando era evidente una intervención pública que garantizara un acceso equitativo a quienes no estaban en condiciones de competir.

Sin embargo, la liberalización económica facilitó la apertura política y democrática rompiendo la dictadura perfecta, fracturando el asistencialismo y la cooptación del voto. Desafortunadamente, no eliminó los privilegios del sistema político.

Ahora, el sistema político autodenominado de izquierda, defiende la igualdad social bajo un buen diagnóstico, con algunas propuestas que fracasaron en el pasado. Utilizando lo que cuestiona.

Es un error recurrente centrar el éxito de un gobierno en la palabra progreso, la simple idea no es suficiente; evitemos el desvarío de creer que el progreso llega y trae felicidad, por arte de magia.

Todo cambia cuando el progreso, como éxito, se sustenta en acciones económicas, políticas y sociales que cambian significativamente la calidad de vida de las personas. De manera perceptible y de forma medible.

Además, el progreso requiere que las acciones se vinculen con la naturaleza del país, con su diversidad, con su carácter pluricultural, con las desigualdades y las diferentes visiones políticas.

Carlos Fuentes mencionó en una entrevista “los presidentes de México pueden hacer tres cosas: salvar al país, salvar al sistema o salvarse a sí mismos”

Siendo candidatos, han ofrecido salvar al país y salvar o cambiar el sistema, pero la mayoría termina salvándose a sí mismos.

Los gobiernos mueren de la enfermedad del “corto plazo” concentrados en el hoy y el ahora. Ahí entendemos por qué nuestro crecimiento económico y democrático es débil y enfermizo.

Usar patrones de corto plazo genera desprestigio político, porque se heredan los problemas para proteger la popularidad y salvarse a sí mismos. Sin comprobarse utilidad alguna.

Tenemos que movernos más por las ideas y menos por la terquedad, aunque a veces sea necesaria.

Un gobierno debe proponer una realidad alcanzable, lo cual requiere de un plan, instrumentos, presupuesto y evaluación permanente. Todo lo contrario, es simulación.

Los líderes cambian la historia. Hitler fue factor en el estallido de la Segunda Guerra Mundial pero el temple de Churchill lo fue en la victoria aliada. Su liderazgo supera la biografía por su energía y capacidad para concretar lo comprometido.

Tenemos que exigir gobiernos de ideas y de personajes, de programas con recursos suficientes, con orden, disciplina, sin corrupción, con cercanía, sensibilidad y capacidad de resolver.

Debemos ser capaces de observar cuándo un comportamiento se está repitiendo, con estructuras y formas del pasado, que se venden como cambio o transformación.

La historia de México prueba que no puede nacer un nuevo país si no es a través de las transiciones que se logran con encuentros y acuerdos.

Nuestra democracia no soporta más desigualdad y pobreza, convertida ahora en miseria. También debemos reconocer que hay varias modernidades, no sólo la nuestra.

Necesitamos tener una conversación de la historia, de manera desapasionada y honesta. Si alguien pretende tener siempre toda la razón, es porque también ha sido parte de la culpa.

No perdamos la memoria. Dejemos de repetir lo que nos distrae de lo importante, tener gobiernos eficientes.

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