Quebradero

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Nicaragua, ¿de qué lado estamos?

Por Javier Solórzano Zinser

Algunos pasajes de la política exterior del gobierno han sido inconsistentes. Las diferentes señales entre Palacio Nacional y la Cancillería ante la enésima reelección de Daniel Ortega como presidente de Nicaragua lo evidencian.

En la meritología en que se ha metido a los integrantes del grupo de “corcholatas”, Ebrard parecía que se había puesto una medalla, por lo que algunos mencionaron como eficaces actos diplomáticos, con el presidente electo de Chile hasta partió la rosca de Reyes.

Sin embargo, todo indica que se adelantó en el caso de Nicaragua. No tanto porque hubiera planteado una estrategia equivocada al no mandar representación mexicana al acto en Managua, lo que sucedió fue que el Presidente tenía una forma distinta de ver las cosas, la cual por más que fuera cuestionable, no se pase por alto que es el Presidente quien toma las decisiones y más en tiempos en que dirige abrumadoramente el tránsito.

Muchas decisiones tomadas por López Obrador en materia de política exterior merecen el análisis y la crítica. Algunos temas en esta materia tienen que ver con lo que pasa al interior de la dinámica de la Cancillería y la forma en que se hacen y deciden las cosas, pero muchos otros pasan por la singular voluntad presidencial, la cual puede decidir sobre la marcha sin que se aprecien ánimos de reflexión y consulta como parece sucedió con Nicaragua y con el nombramiento de representantes diplomáticos.

Se ha ido perdiendo del radar que existe una formidable historia mexicana en materia de diplomacia de la mano del Servicio Exterior, lo cual ha sido fundamental para representar a México ante el mundo, en las buenas y en las malas.

Algunas de las recientes designaciones de embajadores dejan la impresión que acaban siendo reconocimientos políticos, los cuales no tienen nada que ver con el ejercicio de la diplomacia y, por ende, con la importancia que tiene la representación de México en el exterior.

El incidente sobre Nicaragua muestra los terrenos de una especie de montaña rusa en la que por momentos se ve envuelta la política exterior. Es claro que es el Presidente quien dirige el tránsito, pero lo que llama la atención es que el mandatario acorte su mirada de las cosas en un asunto que tiene una enorme relevancia para Centroamérica, de la cual somos parte.

Es muy probable que en otro tiempo hubiera una identidad entre lo que fue la Revolución Sandinista y el pensamiento crítico de nuestro país, López Obrador seguramente estaba entre quienes simpatizaban con la lucha del pueblo nicaragüense que encabezaban los llamados “comandantes”.

No se olvide tampoco el estratégico papel que jugó el gobierno mexicano en este proceso. La ayuda y el apoyo político fueron pieza estratégica para la consolidación del proceso nicaragüense.

Pero todo esto está en el pasado. Daniel Ortega ya no tiene nada que ver con una etapa en la que jugó un papel relevante. Hoy se ha eternizado en el poder y ha acomodado la vida del país a su imagen y semejanza, intimida, mete a la cárcel a los opositores, ataca a la prensa, hace las elecciones a su manera y tiene al país bajo el régimen del miedo.

Todo esto lo sabe el mundo. Que haya gobiernos que se solidaricen lo único que muestra es una identidad o compromisos adquiridos. Nuestro país no hizo un solo comentario sobre el proceso electoral, más bien con su silencio terminó avalándolo, y el Presidente cambiando la decisión original de la Cancillería acabó colocándose de alguna u otra manera en el lado contrario de la historia.

RESQUICIOS

De nuevo hemos entrado a momentos críticos ante la pandemia. Las circunstancias son diferentes entre otras cosas por las vacunas. Sin embargo, las escenas de estos días en hospitales y centros de salud muestran el estado de las cosas; ayer se rompió el récord de contagios, 33 mil 626 nuevos casos con un poco más de la mitad de la población vacunada con dos dosis.

 

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