Quebradero

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Polarizados y con pocas salidas

Por Javier Solórzano Zinser

La apuesta de que en el pasado proceso electoral los resultados pudieran atemperar los ánimos se vino abajo, el caso de la CDMX es la mejor prueba de ello.

El triunfo en varias alcaldías de la oposición le enojó en serio al Presidente, quien no ha dejado de señalar y fustigar a las clases medias, a lo que se ha sumado gustosa la Jefa de Gobierno.

Se ha señalado al Presidente como un factor central en el proceso de polarización, pero si revisamos lo que la sociedad mexicana ha vivido, al menos en los últimos 20 años, de diversas maneras la polarización no ha dejado de estar entre nosotros.

Las diferencias sociales han ido provocando actitudes, reacciones y estados de ánimo que se han intensificado, particularmente desde que llegó López Obrador a la Presidencia. El tabasqueño ha sido un factor, pero reiteramos que venimos de problemas que se han ido arraigando y enquistando entre nosotros, los cuales tienen que ver con desarrollos desiguales de décadas que han provocado un terreno fértil para la polarización.

El Presidente ha abonado de manera sustancial en ello en estos dos años y medio. Su discurso es expansivo y permea de manera significativa entre sus millones de furibundos seguidores, el Presidente lo sabe y, tan lo sabe, que en las mañaneras tiene muy claro hacia dónde dirigir sus críticas y señalamientos.

En algún sentido estamos viviendo de manera abierta lo que durante años estuvo soterrado, sin dejar de estar en el imaginario colectivo. Lo delicado es que el Presidente no ha tenido, o no ha querido buscar mecanismos de integración e interlocución.

Uno de los elementos más efectivos en todo esto ha sido el uso del lenguaje presidencial, ha sido un instrumento tan eficaz que le ha permitido establecer efectivas y juguetonas críticas de todo tipo hacia sus opositores o ante quienes tienen una perspectiva diferente sobre la gobernabilidad y de la vida misma.

El clima está crispado y ante cualquier circunstancia, por menor que sea, los ánimos se prenden. Recientes manifestaciones en las calles han terminado al límite y en algunos casos en confrontaciones. El problema que estamos cargando es que cada vez son más los riesgos, sin soslayar el clima de libertades, porque en la mayoría de los casos no hay respuestas a las demandas y exigencias ciudadanas en las calles.

Si no hay respuesta y no se crean condiciones de diálogo, las circunstancias bajo las que vivimos se agudizarán aún más y podríamos entrar en terrenos de enfrentamientos con consecuencias explosivas.

El Gobierno tiene que asumir que cualquier decisión que tome en democracia es susceptible de la crítica, no sólo por la lógica diferencia de opiniones en sociedad, sino también porque la gobernabilidad se fortalece en la pluralidad y en escuchar a quienes piensan diferente, lo que permite tomar las mejores decisiones.

Por más que el Presidente menosprecie o no considere a la oposición, no deja de ser el gobernante de todos. El hecho de que no intercambie opiniones con los partidos de oposición crea distancias, si bien en el Congreso hay un diálogo partidista. El hablar cara a cara con la oposición le permite al Presidente conocer qué piensan, pero, sobre todo, atempera los ánimos.

Lo que pasó ayer en las inmediaciones de la Cámara de Diputados de la CDMX tiene mucho que ver con todo esto. Es complicado encontrar diálogo cuando sistemáticamente las partes están enfrentadas. Lo sucedido, como fuere, es lamentable y cuestiona las estrategias de la autoridad.

Pensar distinto es una fortaleza, el problema que traemos es que no se ve cómo entendernos y a diario aparece la polarización, como pasó ayer.

RESQUICIOS

Problemas de toda índole hay en la frontera sur. Además de la lamentable agresión de agentes a migrantes, no se debe perder de vista la dinámica entre los migrantes. Cada vez se conocen nuevos testimonios de agresiones contra las mujeres, en particular entre los migrantes haitianos.

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