Por Aurelio Contreras Barrales
Por sorpresa nos tomó a la mayoría de los ciudadanos que el pasado 28 de octubre falleció el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, figura emblemática de la historia política contemporánea a nivel nacional. Se trataba ya de un hombre mayor, quien había vivido casi un siglo y constató la rápida transformación global durante los siglos XX y XXI.
En el marco de su lamentable deceso, se ha hablado mucho en torno a su figura, de la trayectoria trazada a lo largo de su extensa carrera política y acerca de la trascendencia de su movimiento político, cuyos herederos alcanzaron el poder en 2018 tras varias décadas de sinsabores electorales. Y aunque Cárdenas no tuvo la oportunidad de arribar a la tan anhelada Presidencia de la República, ha sido homenajeado con mayores honores que distintos expresidentes. El hecho de nunca haber gobernado la República, además de su histórica herencia democrática, ha favorecido a su positiva reputación; de haberse sentado en la silla presidencial, probablemente se estaría hablando de su legado en términos sumamente diferentes.
Indudablemente, su movimiento político se impuso como un parteaguas en la historia nacional al inaugurar el progresivo pluralismo partidista en México y pugnar, desde la oposición, por la apertura democrática a través de la creación de instituciones apartadas del Poder Ejecutivo y del partido de Estado, el PRI, hecho que allanó el camino para lograr la primera transición política a nivel federal en el año 2000.
Sin embargo, el ascenso y consolidación de Cuauhtémoc Cárdenas como emblema nacional de democracia, oposición y resistencia a un régimen anquilosado debe entenderse como el resultado de un rompimiento entre el poder central y un liderazgo regional con un destacado capital político de nacimiento. No hay que olvidar que, antes de oponerse férreamente al régimen unipartidista, Cárdenas perteneció a su élite y nació bajo el abrigo del mismísimo poder presidencial. Fue precisamente su padre, el general Lázaro Cárdenas del Río, quien durante su mandato se encargó de confeccionar el sistema político priista al centralizar el poder en torno a la figura presidencial tras un largo período de caudillismos unipersonales, conformar un régimen corporativista en las entrañas del partido de Estado e inaugurar, con ciertas limitantes que fueron resueltas hasta 1958, la cultura política que designaba al Presidente de la República la potestad de ser el gran elector en los procesos electorales.
Durante los años siguientes a entregar el poder, la influencia política cardenista mermó a nivel nacional al grado de estar a punto de escindirse del priismo en 1952, aunque en los años postreros logró mantener a Michoacán como su feudo político; fue en este entorno en el que se desarrolló políticamente Cuauhtémoc Cárdenas, quien padeció, a pesar de su linaje familiar, de la imposición del “dedazo” presidencial, aunque también se favoreció de sus ventajas. Primero, en 1974 intentó ser candidato del PRI a Gobernador del Estado; sin embargo, la voluntad del entonces presidente Luis Echeverría Álvarez se inclinó por Carlos Torres Manzo, quien se desempeñaba como su secretario de Industria y Comercio. Evidentemente, Cárdenas se inconformó con la decisión presidencial que le era desfavorable, aunque su rebeldía no llegó a más, disciplinándose finalmente a la verticalidad del priismo.
Dos años después, al ser designado José López Portillo como candidato presidencial, este intervino en favor del ingeniero para que fuera postulado por el PRI como candidato al Senado de la República por Michoacán, la antesala de la gubernatura. En esta ocasión, por parte de Cárdenas no hubo ningún tipo de reclamo por los métodos antidemocráticos del régimen en la designación de candidatos. Situación similar ocurrió en 1980, cuando López Portillo lo envió como candidato a Gobernador de Michoacán, comicios en los que triunfó sin problema alguno. Sin embargo, su distanciamiento con el régimen comenzó cuando su poder en su entidad empezó a ser contrarrestado, en medio de una evidente política que intentaba desplazar a la antigua clase política emanada del nacionalismo revolucionario. La disminución de su influencia local se evidenció cuando a Cárdenas le impusieron desde el centro como sucesor a Luis Martínez Villicaña, siendo que el mandatario buscaba designar a Cristóbal Arias Solís como candidato.
A partir de entonces se originó la grieta que más tarde sacudiría los cimientos del sistema político mexicano: Cárdenas habría de integrarse a un grupo de priistas de viejo cuño que, al verse igualmente relegados por la emergente élite neoliberal, conformaron un movimiento interno de oposición que culminó en la más grande escisión sufrida en la historia del PRI y desembocó en la integración de una amplia coalición de partidos y agrupaciones de izquierda que lo postularon como candidato presidencial, cuyos resultados derivaron en la apertura a un inédito pluralismo político.
Los mayores aciertos de Cárdenas fueron mantenerse leal a sus principios ideológicos a pesar de los jugosos ofrecimientos que le tendieron los salinistas para inhibir la insurgencia interna y, en medio de la tormenta por la elección fraudulenta de 1988, optar por la institucionalización de su movimiento político en lugar de la insurrección; ambos hechos lo ponderaron como un actor político que representó, más que un simple hombre fuerte regional marginado de la estructura del poder, a un personaje que pugnó auténticamente por una revolución democrática, ya que, a partir de su primer intento infructuoso por alcanzar la primera magistratura, sus esfuerzos se concentraron en verdaderamente constituir un sistema político democrático, el cual, con todo y sus limitantes, logró constituirse brevemente en México a partir de 1997.
Aunque fracasó en las tres ocasiones en que buscó la Presidencia de la República, Cuauhtémoc Cárdenas dejó un legado que ha trascendido más allá de su propia vida. Lamentablemente, aquellos quienes se han erigido como sucesores del movimiento popular que encabezó se han encargado de dinamitar la aún incipiente democracia mexicana que él ayudó a construir desde la oposición.
¿De qué servirán hoy los grandes homenajes que desde el poder le organizan cuando su principal ideario es quebrantado por el poder mismo? Más preciado sería honrar su nombre retomando los principios ideológicos que enarboló en vida y luchar por una democracia que efectivamente refleje las distintas expresiones de la sociedad, en lugar de promover el retorno al autoritarismo unipartidista utilizando al movimiento cardenista como elemento legitimador de la corriente política que hoy detenta el poder.
¿Acaso es necesario un nuevo cisma en el oficialismo o una crisis nacional para que retornemos a un sistema de equilibrios políticos? Estará por verse. Descanse en paz Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano (1934-2026).