Los absolutos de la política

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Por Carlos Tercero

Si la relatividad de la política permite comprender cómo las circunstancias, los intereses y las transformaciones sociales condicionan las decisiones, cabe preguntarse qué valores y principios deben permanecer al margen de esos cambios. Gobernar exige adaptarse, construir acuerdos y atender demandas incompatibles entre sí, pero también reconocer que no todo puede quedar sujeto a la conveniencia de quien ejerce el poder.

El pensamiento político ha buscado establecer límites a la autoridad y definir las condiciones de su legitimidad. Desde Aristóteles, quien vinculó la política con el bien común, hasta las formulaciones modernas del Estado de derecho, una preocupación ha permanecido vigente: evitar que el ejercicio del poder se convierta en un fin en sí mismo. El poder debe servir para organizar la convivencia, resolver problemas colectivos y procurar condiciones para el desarrollo social, no imponer una voluntad sin restricciones.

El absolutismo político ilustra los riesgos de concentrar la autoridad sin controles efectivos. En las monarquías absolutas, el soberano pretendía ejercer el poder sin límites institucionales comparables a los de los sistemas constitucionales contemporáneos. La división de poderes, la supremacía de la Constitución y los mecanismos de control surgieron como respuestas a la necesidad de impedir que una persona o institución acumulara atribuciones sin contrapesos. En una democracia, la autoridad no se legitima únicamente por su origen, sino también por la manera en que se ejerce.

La voluntad popular es la fuente esencial de legitimidad democrática, pero obtener una mayoría electoral no otorga una autorización irrestricta para gobernar. El mandato está sujeto a la Constitución, las leyes y los derechos fundamentales. Ninguna mayoría debería suprimir las libertades de quienes discrepan, desconocer los derechos de las minorías o debilitar los mecanismos institucionales que limitan el poder. De lo contrario, la legitimidad de origen puede servir para justificar decisiones contrarias a los principios del propio sistema democrático.

La dignidad humana constituye otro referente que no debe depender de la conveniencia política. La filosofía moral de Kant sostiene que las personas deben ser tratadas como fines en sí mismas y no únicamente como medios para alcanzar otros objetivos. En la vida pública, esto exige reconocer que los ciudadanos no son instrumentos electorales, cifras administrativas ni obstáculos para concretar un proyecto de gobierno. Sus derechos, libertades y posibilidades de desarrollo deben ocupar un lugar central en las decisiones del Estado, independientemente de su posición económica, filiación política o cercanía con quienes ejercen la autoridad.

La eficacia gubernamental es necesaria, pero no basta para justificar cualquier medio. La austeridad debe responder a objetivos legítimos y respetar la ley; no puede considerarse un logro si deteriora la capacidad del Estado para cumplir sus obligaciones. Los resultados deben evaluarse junto con la legalidad y la responsabilidad con que se alcanzan.

Quien gobierna debe responder por sus decisiones, explicar sus resultados y reconocer los errores cuando las circunstancias o las evidencias exigen corregir el rumbo. La rectificación puede fortalecer la autoridad si demuestra capacidad de juicio y disposición para anteponer el interés colectivo a la defensa de una posición personal. Lo contrario ocurre cuando importa más sostener una decisión que asumir sus consecuencias o cuando los principios se invocan selectivamente según quién ejerza el poder y a quién beneficie su aplicación.

La política necesita flexibilidad para responder a una realidad cambiante, pero también principios que impidan que esa adaptación se convierta en arbitrariedad. Si la relatividad explica por qué las decisiones deben ajustarse a las circunstancias, los principios fundamentales recuerdan que esa adaptación tiene límites. El desafío consiste en reconocer qué debe cambiar para gobernar mejor y qué no puede sacrificarse sin comprometer la legitimidad del poder. En definitiva, la política requiere decisiones capaces de adaptarse a las circunstancias, pero sustentadas en principios que no dependan de la conveniencia de quien gobierna.

 

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