La relatividad de la política

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Por Carlos Tercero

En su sentido más general, la relatividad alude a aquello que no es absoluto, sino que depende de un punto de referencia o determinadas circunstancias. En el ámbito científico, el término remite inevitablemente a la teoría formulada por Einstein, según la cual el espacio y el tiempo varían dependiendo de las condiciones en que se observan. Aunque la política y la física pertenecen a campos distintos, esta idea ofrece una referencia útil para reflexionar sobre la naturaleza del poder y las condiciones en que se ejerce.

La ciencia política forma parte de las ciencias sociales. Estudia el poder, el Estado, las instituciones, los sistemas de gobierno y el comportamiento de los actores políticos mediante métodos que permiten formular hipótesis, analizar evidencias e identificar tendencias. Sin embargo, a diferencia de las ciencias naturales, difícilmente puede establecer leyes universales capaces de anticipar con exactitud el comportamiento humano. Las decisiones políticas están condicionadas por la historia, la cultura, los intereses, las ideologías y las circunstancias particulares de cada entorno social. Lo que funciona en un lugar o momento determinado no necesariamente produce los mismos resultados en otro. Esta condición explica por qué la política es, en buena medida, relativa.

Las ideas sobre la justicia, la libertad, la igualdad y el bienestar adquieren significados distintos según la época y el contexto. También cambian las prioridades de los gobiernos, las estrategias de los partidos políticos y las expectativas de la ciudadanía. Una decisión que en determinado momento parece indispensable puede resultar inconveniente cuando las condiciones que la motivaron desaparecen. De igual manera, una alianza que ayer parecía improbable puede convertirse mañana en una alternativa para alcanzar una meta electoral compartida. La historia ofrece innumerables ejemplos. Las transformaciones de los sistemas de gobierno muestran que las formas de organización política no son inmutables, mientras que las relaciones internacionales evidencian cómo los intereses modifican las alianzas entre países. La máxima diplomática según la cual las naciones no tienen amigos ni enemigos permanentes, sino intereses permanentes, resume una visión pragmática de la política. No obstante, el pragmatismo también puede convertirse en una justificación para abandonar principios cuando dejan de resultar convenientes.

Aquí aparece una distinción fundamental. Que la política sea relativa no significa que todo sea admisible ni que los principios deban ajustarse siempre a las necesidades de quien ejerce el poder. La flexibilidad para revisar decisiones no equivale a la ausencia de convicciones, del mismo modo que la capacidad de negociar no implica renunciar a cualquier límite. Confundir la adaptación a las circunstancias con la conveniencia personal transforma el pragmatismo en oportunismo y la responsabilidad pública en una simple administración de intereses. Desde esta perspectiva, existen referencias que deben orientar y limitar el ejercicio del poder: los derechos humanos, la dignidad de las personas, la legalidad y el respeto a las libertades fundamentales, principios que no deberían depender de la voluntad de una mayoría ni de la conveniencia de un gobierno. La experiencia histórica demuestra que, cuando todo queda sujeto a la interpretación de quien manda, las instituciones pierden capacidad para contener los abusos y la autoridad corre el riesgo de convertirse en arbitrariedad. También hay necesidades que atraviesan épocas y sistemas políticos. La seguridad, la convivencia y la preservación del orden son condiciones indispensables para la vida colectiva. En Leviatán, Thomas Hobbes advierte que, sin una autoridad capaz de contener la violencia, la convivencia humana puede quedar sometida a la incertidumbre y al conflicto. Sin embargo, la necesidad de preservar el orden no justifica un ejercicio ilimitado de la autoridad.

La política exige comprender que las circunstancias cambian sin asumir que todo debe cambiar con ellas. Gobernar supone interpretar cada momento, evaluar alternativas y corregir el rumbo cuando la realidad lo exige, pero también reconocer que existen compromisos cuya vigencia no puede quedar subordinada al cálculo inmediato. Porque, si bien las decisiones políticas deben responder a las circunstancias, la legitimidad del poder depende, en última instancia, de los principios que se está dispuesto a preservar.

3ro.interesado@gmail.com