Por Eduardo Romay Olmos
En una democracia no basta con votar. También hay que mirar, preguntar y, cuando sea necesario, señalar lo que no funciona. Esa es, en esencia, la razón de ser de la observación electoral: permitir que ciudadanos independientes acompañen el proceso, documenten lo que ocurre y contribuyan a que las elecciones no sean solamente legales, sino también creíbles.
La elección de 2024 dejó un dato que merece atención. El Instituto Nacional Electoral (INE) recibió 34 mil 881 solicitudes para participar como observadores electorales y finalmente acreditó a 25 mil 126 personas. De ellas, 18 mil 591 eran mujeres, 16 mil 240 hombres y 50 personas no binarias. También participaron personas con discapacidad y pertenecientes a comunidades indígenas.
Pero hay otro dato que resulta todavía más interesante: el número de solicitudes fue menor al registrado en 2018, cuando se recibieron 38 mil 353. Es decir, en seis años disminuyó el interés ciudadano por observar las elecciones.
¿Debemos preocuparnos? Sí.
No porque la observación electoral sea la única garantía de una elección limpia. No lo es. La responsabilidad principal corresponde a las autoridades electorales, a los partidos, a las candidaturas, a los funcionarios de casilla y, finalmente, a los propios ciudadanos. Pero los observadores representan una mirada externa que puede ayudar a detectar aquello que desde las instituciones no siempre se alcanza a ver.
Y aquí aparece un problema de fondo: la democracia mexicana tiene cada vez más reglas, pero no necesariamente más confianza ciudadana.
Veracruz: un caso que merece atención
En Veracruz la participación en materia de observación electoral fue importante. Durante el proceso de 2024 se registraron 2 mil 003 solicitudes, una de las cifras más altas del país. Finalmente, 1 mil 184 personas fueron acreditadas.
El dato coloca a Veracruz entre las entidades con mayor interés ciudadano por observar una elección, pero también revela una brecha importante entre quienes manifiestan inicialmente su intención de participar y quienes finalmente concluyen el proceso de acreditación.
No es un asunto menor. La observación electoral requiere capacitación, tiempo, desplazamiento y, sobre todo, voluntad para estar ahí cuando las cosas ocurren. No se trata de sentarse a mirar una casilla durante unas horas. La observación puede abarcar distintas etapas del proceso y permite documentar experiencias que posteriormente pueden convertirse en recomendaciones para mejorar las elecciones.
Veracruz, con sus 212 municipios, una geografía electoral compleja y profundas diferencias sociales y económicas entre regiones, necesita particularmente de esa mirada ciudadana. No es lo mismo observar una elección en una zona urbana que hacerlo en una comunidad rural, indígena o de difícil acceso.
Por eso la observación electoral no debería verse como un trámite más del calendario del INE o del Organismo Público Local Electoral. Debería entenderse como una herramienta de vigilancia democrática.
El reto no termina el día de la elección
Existe además una idea que debemos cambiar: pensar que el observador electoral solamente sirve para estar presente el día de la jornada.
La observación tiene mucho más sentido cuando analiza todo el proceso: la competencia entre partidos, el uso de recursos públicos, la equidad de las campañas, la participación de grupos vulnerables, la violencia política, la libertad del voto y las condiciones en las que los ciudadanos llegan a las urnas.
De hecho, en 2024 hubo informes presentados por personas y organizaciones observadoras, que posteriormente fueron objeto de sistematización y análisis por parte del INE.
Ahí está quizá el mayor desafío: que esos informes no terminen archivados.
Porque observar por observar sirve de poco. El verdadero valor de la observación aparece cuando sus hallazgos ayudan a corregir procedimientos, modificar reglas, prevenir irregularidades y mejorar la organización electoral.
Y esto adquiere todavía mayor relevancia en un país donde las elecciones se han vuelto más complejas y donde la desconfianza política sigue siendo un problema.
Observar también es participar
Hay una paradoja que no podemos ignorar. México tiene instituciones electorales profesionales, una estructura de casillas que moviliza a millones de ciudadanos y mecanismos de vigilancia cada vez más sofisticados. Sin embargo, al mismo tiempo, una parte de la sociedad muestra cansancio y distancia frente a la política.
La observación electoral puede ser una forma de combatir ese desencanto.
En lugar de limitar al ciudadano a la condición de elector —que aparece cada tres o seis años para depositar una boleta—, lo convierte en protagonista y testigo del proceso democrático.
En Veracruz esto debería tomarse especialmente en serio.
La democracia no se defiende solamente desde los consejos electorales, los tribunales o los partidos políticos. También se defiende desde la ciudadanía que está dispuesta a mirar lo que sucede y a decirlo.
Por eso la observación electoral no debe ser considerada un accesorio de las elecciones. Es un mecanismo de confianza pública.
Y quizá hoy, cuando la discusión política está llena de sospechas, polarización y desconfianza, observar sea una de las formas más sencillas —y al mismo tiempo más poderosas— de volver a creer.
La democracia necesita votos, pero necesita algo más: ciudadanos dispuestos a vigilar que esos votos sean respetados.