El respeto en días fríos

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Por Darío Fritz

Me lo contaron y sentí en la impotencia del relato las miserias que se hallan a raudales en nuestros días. El gobierno de la Ciudad de México ofreció a los vecinos de medio centenar de departamentos de una unidad habitacional, acondicionar sus raídas fachadas con pintura. A la primera reunión informativa asistió menos de la mitad de los vecinos y a la segunda cesión -debían decidirse colores y una propaganda que la autoridad pretendía fijar en la pared principal-, se autoconvocaron ellos mismos porque el resto, apático y desinteresado, juzgaron, no tenía por qué ser llamado a deliberar. Luego buscaron firmas y legalizaron su mayoría. El esperpento que resultó aquello en términos estéticos queda fuera de estas líneas, pero aflora la desfachatez con que se pueden imponer decisiones sobre las mayorías, de la misma manera que tantos riegan veredas y puertas con la orina y heces de sus perros y se burlan en la cara de quienes se quejan, y otros marcan a dedo candidaturas electorales con encuestas tan transparentes que se desconoce cómo están hechas. Así nació también el fin del aeropuerto de Texcoco y se aplicó tabula rasa sobre el Poder Judicial.

El respeto hacia los demás en estos días, empieza a definirse en lo que alguien diga e imponga y evita perder el tiempo en debates. Respeto lo que dices, pero no estoy acuerdo, se pretende decir solemne, pero para cuando alzan la voz, del otro lado una aplanadora calló toda resistencia. Hay un individualismo detrás, que autoritario y egoísta, como todo individualismo, tiene sello de época.  Byung-Chul Han acaba de publicar un nuevo ensayo filosófico y precisamente lo titula “Sin respeto”. El respeto se dirige hacia el otro, es consideración por el otro, atención, señala, y realza a la responsabilidad como ineludible en el establecimiento de vínculos. Su ausencia es la ausencia de respeto, orienta. Se requiere de tiempo para ello, pero lo que falta hoy día es precisamente tiempo para la deferencia. Todo se quiere hacer ya y no importa si ruedan cabezas.

El filósofo surcoreano, tan brillante en aterrizar los problemas de nuestros días como en las polémicas que genera -en otros libros expuso la sociedad del rendimiento, la exposición pública y la pérdida de privacidad, el sometimiento a los algoritmos de conductas y deseos, los daños a la democracia provenientes del mundo digital-, advierte sobre el reinado de una sociedad de la supervivencia. Aquí se vale pasar por encima del otro. La ausencia de respeto y descortesía, la desvergüenza y la desinhibición, son sus rasgos más potentes y a su vez dañinos.

Las redes sociales fomentan el minado de cualquier integración social, apunta. Provocan heridas y ofensas, premian la desinhibición para captar atención individual, y debilitan la autoridad de los medios de comunicación y la ciencia, además de expandir el ego como coartada ante el imperio del conocimiento. En el espacio digital, atestigua, no existe el rostro ni la presencia del otro, básicos para el respeto.

“Ya no existe solidaridad alguna, ni siquiera entre los perdedores”, puntualiza como la punta de una daga. Hay una sociedad de personas aisladas, donde lo único que importa es el rendimiento, y una lucha de todos contra todos. Pero que nunca promoverá salidas colectivas. En Byung-Chul Han pareciera que hay abismo, pero expele oxígeno en dosis abundantes al momento de desmenuzar dónde estamos parados. Hay que leer bien para aprovechar esa bisagra que se nos abre. Y asumir las pérdidas como el triunfo de quien está vivo para alzar cada rodilla.