Ayotzinapa en Berlín

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Por Mariana Calderón Aramburu

Berlín es una ciudad llena de cicatrices. Algunas están en sus edificios, otras atraviesan sus calles y muchas permanecen en la memoria. Es una ciudad que aprendió, quizá como pocas, que recordar no es quedarse atrapado en el pasado, sino impedir que el olvido termine de consumar una injusticia.

Rosenthaler Straße es uno de esos lugares donde distintas memorias parecen encontrarse. En el número 39 funcionó, durante la Segunda Guerra Mundial, la fábrica de cepillos de Otto Weidt, quien empleó principalmente a personas judías ciegas y sordas y ayudó a varias de ellas a evitar la deportación, consiguiendo alimentos, documentos falsos y escondites.

Hoy, ese mismo patio es también un espacio de arte urbano.

A la derecha se despliega un mural de amarillos, naranjas, azules y morados. Rostros sencillos, trazados con la urgencia de quien teme olvidar una cara. Leo nombres. Benjamín Ascencio Bautista. Rosendo Radilla. Edmundo Reyes. Nombres que, conforme los leo, empiezan a resultarme familiares.

Continúo observando. Una mujer lleva una fotografía sobre el pecho. Es su hijo. Es una madre buscando a su hijo. No necesito saber más para reconocer la escena; dolorosamente, se ha vuelto demasiado familiar en México.

En el mural hay preguntas, retratos, cuerpos y nombres. Las preguntas están escritas en varios idiomas, como si el dolor necesitara traducirse para ser escuchado. «¿Dónde están?». «Lebend wurden sie uns genommen». «You took them alive. We want them back alive». Y, más abajo, «¿Quién dio la orden?».

Es una obra dedicada a personas desaparecidas.

Aparece un autobús amarillo.

Entonces leo: “Nos faltan 43”.

Y arriba, una palabra: Ayotzinapa.

Entre las distintas historias de desaparición que reúne el mural, doce años después, Ayotzinapa sobresale inevitablemente. Es una imagen sobre la espera, la búsqueda y la resistencia a aceptar que una persona pueda simplemente desaparecer.

En Berlín, ciudad marcada por uno de los episodios más atroces de la historia, que conoce como pocas el silencio que dejan los ausentes, sobresale otra herida, más cercana en el tiempo y ocurrida a miles de kilómetros; la herida de nuestro México.