Por Sandra Luz Tello Velázquez
El fútbol profesional arrastra una vieja deuda que parece imposible ocultar con un campeonato o con un grito de un gol, se trata del tabú de la homosexualidad. Por décadas, los estadios han sido el templo de una masculinidad rígida y dictatorial, la combinación de roles de género que asfixian y la violencia verbal en las tribunas ha construido una celda invisible para los jugadores diversos. La presión social y un miedo fundamentado debido a las represalias comerciales o deportivas, obligan a la mayoría a jugar el partido más difícil de sus vidas en absoluto secreto.
Pero el silencio eterno no existe. La coraza comienza a agrietarse gracias al activismo de futbolistas que han decidido vivir su orientación con la frente en alto. Este paso al frente no busca solo el aplauso en la cancha; sino que pretende sanear el entorno, erradicar los cantos homofóbicos que avergüenzan al deporte rey y promover una cultura de respeto real en nuestra sociedad.
Lo irónico de todo este machismo de vestidor es que sus supuestas leyes naturales son meros inventos de mercadotecnia. Las etiquetas de género actuales son particularmente nuevas. Hasta finales del siglo XIX, los niños usaban atuendos unisex tradicionales. Fue la llegada de los tintes industriales a mediados del siglo XX lo que nos definió para identificarnos con el binomio rosa y azul.
Asimismo, la historia nos regala un dato que arrastra, hubo un tiempo en que el rosa era el color predilecto de los niños por considerarse un tono fuerte y decidido, cercano al rojo que simboliza el coraje y el fervor. El azul, visto como delicado y refinado, se guardaba para las niñas. Si un pedazo de tela puede cambiar de significado tan fácil, ¿por qué permitimos que un dogma igual de absurdo defina quién puede o no ser un héroe en el césped?
La respuesta la tiene el mercado de las certezas fáciles. Nos fascinan los clichés, por ejemplo, que ellas no saben estacionarse o que ellos no pueden ser vulnerables, nos gustan porque son simplificaciones cómodas para justificar que somos radicalmente diferentes, la idea de que poseemos cerebros rosas o azules se ha vendido bien en un mundo obsesionado con repetir que los hombres son de Marte y las mujeres de Venus.
El fútbol no puede permanecer como un último refugio de esa mentalidad medieval. El talento y el coraje no tienen color, ni género, ni orientación sexual. El paradigma está cambiando y es hora de que las directivas de equipos, los patrocinadores y la afición reconozcan que la diversidad en el fútbol no es debilidad, sino la extensión de un verdadero sentido humano.