Lo que el fútbol dice de nosotros cuando nadie ve

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Por Sandra Luz Tello Velázquez

El fútbol posee una cualidad casi mística: funciona como un espejo  que, lejos de ocultar imperfecciones, desnuda la verdadera personalidad de la gente. No es solo un juego de once contra once detrás de una pelota; es un territorio puramente emocional donde las máscaras sociales se caen a la primera tarjeta roja o al primer grito de gol.

En la cancha colectiva que es la tribuna o la sala de una casa, las emociones nos igualan. El fútbol es capaz de generar un vínculo invisible que pasa por encima de razas, estatus económicos e ideologías políticas. Recordemos, por ejemplo, a la Argentina campeona en Catar,  un país fracturado por la polarización ideológica y política que, sin embargo, encontró en una Copa del Mundo el milagro de unir a cinco millones de personas abrazadas en las calles. Ese instante de comunión es prácticamente imposible de lograr en la historia moderna de la humanidad

El Mundial de fútbol es excepcional. Se juega cada cuatro años y el compás de espera agudiza el deseo del triunfo. Para un futbolista, portar los colores de su patria es un privilegio casi sagrado; para el aficionado, es ver su identidad suspendida en noventa minutos. Es  una sincronía perfecta donde millones de almas experimentan la misma emoción de gozo o pena.

Sin embargo, precisamente porque es un catalizador de pasiones sin filtro, el fútbol también muestra la peor cara. Cuando la emoción desborda la razón, podemos identificar violencia verbal y física que resultan desagradables e injustificables. El  fanático que insulta, que agrede o que canaliza sus frustraciones personales a través del resultado de su equipo, solo expone sus propias carencias. Por eso, urge encontrar la justa medida: cuidar el deporte significa, ante todo, cuidar sus aristas para que la pasión no se convierta en barbarie.

Por otra parte, esa tremenda capacidad del fútbol para conectar con las masas lo vuelve un objeto de deseo muy tentador para el poder político. Y es aquí donde la autenticidad del deporte suele distorsionarse.

Un ejemplo reciente de este cruce desafortunado es la canción «La niña futbolista», interpretada por Julieta Venegas y presentada por  Claudia Sheinbaum en “la mañanera” teniendo por marco  la fiebre mundialista. Lo que pretendía ser un mensaje de empoderamiento terminó sintiéndose como un auténtico desacierto, debido a que resulta  difícil no coincidir con los analistas que ven en este lanzamiento un intento del gobierno por colgarse del impacto mediático del fútbol. Utilizar una coyuntura deportiva para imponer agendas ideológicas o maquillar problemáticas estructurales de fondo es una receta que una parte de la ciudadanía ya detecta y rechaza. Además, la pieza en cuestión simplemente no conecta con el vibrante pulso que caracteriza a la afición; se percibe ajena, generando más desconcierto que entusiasmo sobre su verdadera función.

Al final, el fútbol siempre recupera su esencia, intentar instrumentalizarlo desde la política suele salir mal, porque la afición vibra con la verdad de la cancha, no con la narrativa del templete.