Por Carlos Tercero
La fortaleza de un Estado no se mide únicamente por su capacidad para ejercer autoridad, recaudar impuestos o mantener el control territorial. Su legitimidad depende, en gran medida, de su capacidad para garantizar la justicia. Cuando una sociedad comienza a percibir que las leyes se aplican de manera desigual, que las víctimas permanecen sin respuesta y que el acceso a los derechos depende de la posición económica, política o social de las personas, el problema deja de ser exclusivamente jurídico y se convierte en una cuestión de relevancia política. La justicia constituye una de las razones fundamentales por las cuales existe el Estado moderno, pues no se trata solamente de administrar tribunales o sancionar delitos, sino de construir condiciones mínimas de equilibrio social que permitan la convivencia democrática. Un Estado incapaz de garantizar justicia termina debilitando su propia autoridad moral, incluso cuando conserva intactos sus mecanismos formales de poder. En México, este desafío ha adquirido particular relevancia durante los últimos años. La demanda social de una justicia más accesible, eficiente y cercana a la ciudadanía refleja una expectativa legítima sobre el papel que deben desempeñar las instituciones públicas en la protección de los derechos y en el fortalecimiento de la confianza social. El problema adquiere una dimensión todavía más compleja cuando se entiende que muchas injusticias no son resultado exclusivo de decisiones individuales aisladas, sino de estructuras sociales que reproducen desigualdad, exclusión y vulnerabilidad.
La filósofa política estadounidense Iris Marion Young sostuvo que existen formas de injusticia que operan de manera estructural y que, por ello, no pueden enfrentarse únicamente mediante la lógica tradicional de asignar culpas individuales. Hay dinámicas económicas, políticas e institucionales que generan condiciones de desigualdad cuya corrección exige responsabilidad pública sostenida. En el caso de México, la violencia, la pobreza y las brechas de acceso a oportunidades forman parte de una realidad que exige respuestas integrales. Por ello, la responsabilidad estatal no puede reducirse únicamente a reaccionar frente al delito. También implica fortalecer las condiciones que favorezcan una sociedad más incluyente, con mayores oportunidades de desarrollo y con instituciones capaces de garantizar igualdad ante la ley. Con frecuencia, el debate público confunde la justicia con la venganza, el castigo mediático o la confrontación política. Sin embargo, la justicia de un sistema democrático exige algo más complejo y difícil: supone instituciones capaces de actuar con autonomía, leyes aplicadas con criterios universales y autoridades dispuestas a sujetar su actuación a límites constitucionales. Allí radica una de las principales tensiones, pues la legitimidad democrática requiere tanto respaldo ciudadano como certeza jurídica y protección efectiva de derechos.
La responsabilidad del Estado frente a la justicia tampoco puede entenderse como una obligación exclusivamente judicial. La educación, el desarrollo económico, la transparencia administrativa y la fortaleza institucional contribuyen igualmente a crear condiciones de legalidad y confianza. Cuando la ciudadanía percibe que las reglas son claras y que las instituciones funcionan, se fortalece el sentido de pertenencia a una misma comunidad política; por ello, no es casual que la justicia ocupe hoy un lugar central en la esfera pública. Los debates recientes sobre el diseño y funcionamiento de las instituciones encargadas de impartir justicia reflejan una preocupación legítima sobre cómo fortalecer su eficacia, independencia, cercanía con la ciudadanía y capacidad para responder a las demandas sociales.
La discusión sobre la justicia no puede limitarse al ámbito técnico de la abogacía, jueces o legisladores. Es, en realidad, una conversación pública sobre el tipo de país que aspiramos a construir. La responsabilidad estatal en esta materia exige reconocer que gobernar no consiste únicamente en administrar recursos o ejercer autoridad, sino también en generar condiciones para que la ley, las instituciones y los derechos funcionen como herramientas de cohesión social. En ello descansa una parte esencial de la legitimidad del Estado y, en buena medida, de la confianza que la ciudadanía deposita en sus instituciones.
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