Por Sandra Luz Tello Velázquez
Existe una lengua que no se enseña ni en las academias, ni en las escuelas, es el lenguaje maternal compuesto por silencios vigilantes, canciones de cuna que son, en realidad el exilio del miedo, y por la gramática con palabras de cuidado que se escriben entre lo sublime y lo cotidiano.
En el arte, la maternidad ha transitado de la sacralidad de las vírgenes renacentistas hasta la crudeza de la escultura contemporánea, en la escultura “Mamá” de Louise Bourgeois realizada en bronce, acero inoxidable y mármol se muestra una araña gigantesca, protectora y a la vez aterradora, que simboliza la ambivalencia de la madre capaz de tejer la telaraña de los afectos y a su vez quedar atrapada en ellos.
Hablar de la madre es reconocer la conexión biológica con su descendencia, aunque en el arte y la literatura ha implicado adentrarse en un inventario estético perpetuado por siglos, para atrapar una figura que es símbolo de creación, vida y fertilidad, lo que la eleva a una imagen venerada o sagrada.
En la literatura, la ambivalencia de la figura materna se vuelve palabra, pues la maternidad se conoce desde la honestidad brutal de la hija, en el cuento Mamá de Lucia Berlín, en el que se relata con brutal honestidad la relación distante, traumática y compleja que una hija sostiene con su madre. Por otra parte, están los escritos que conmueven como el lamento de Roland Barthes titulado Diario de Duelo, quien expresa un dolor plagado de melancolía, que muestra una relación cercana, dependiente e idílica con su madre.
Pero, evidentemente, si hay un lugar donde el léxico maternal se vuelve etéreo es en la música, que sostiene la estructura misma de la identidad, por ejemplo, en «Canciones que mi madre me enseñó» (Als die alte Mutter), Op. 55, No. 4 de Dvořák, originalmente un lied del ciclo Gypsy Melodies, es una evocación melancólica y profundamente tierna de las enseñanzas y el amor de una madre.
Finalmente, podríamos revisar siglos de arte, para darnos cuenta que siempre surge alguna expresión de lo maternal, la figura de la madre está en lo sublime de la estética y en la simpleza de lo cotidiano, cada regaño, cada tupper, cada mensaje respondido o no y cada melodía tarareada es parte del léxico inagotable que nos recuerda a nuestra mamá, quién en el planeta es una escultura viviente que se encuentra en constante movimiento, es el diario literario que se corrige o nos corrige permanentemente y es la música que, en nuestros dolores acaricia muy despacio y no se agota nunca.