Los idolatrados
Por Javier Solórzano Zinser
A los gobernantes les da por fotografiarse o aparecer en lugares públicos con deportistas destacados. En muchos casos no saben bien a bien ni con quién están, de lo que se trata es de salir en la foto con quien la sociedad —los aficionados—, tiene como uno de los suyos.
En los 50 y 60 a los presidentes les gustaba fotografiarse con los boxeadores. Eran tiempos en los que el boxeo mexicano tenía extraordinarios peleadores que, ganaran o perdieran, ofrecían un espectáculo que agradecía la tribuna y la incipiente televisión, lo que llevaba a que en la gran mayoría de los casos surgiera una identidad real con el aficionado.
El origen de los boxeadores es uno de los grandes temas para entender la identidad. Procedían de colonias populares y se dedicaban al boxeo por sus peleas callejeras, porque además de la técnica tenían una valentía a prueba de todo y porque querían salir de pobres.
Se les juzgaba por lo que hacían en el ring, pero no por lo que hacían fuera de él. Su vida en lo general era disipada. Las cosas adquirían para ellos sentido si en plena fama eran acompañados de los cuates del barrio; uno de los casos más emblemáticos fue Rubén Olivares.
El Púas festejaba sus victorias en Acapulco llevándose a todos sus cuates a una suite para festejar victorias y derrotas. Las crónicas de Vicente Leñero y Ricardo Garibay son históricas. Se lograban meter hasta lo más profundo de la vida de personajes como El Púas lo que nos permitía conocer la otra parte de un boxeador histórico que, con todo y sus excesos, nos resultaba particularmente atractivo.
Como Olivares hay muchos otros, pero pocos fueron tan emblemáticos como él. Julio César Chávez pasó por muchos vericuetos, sobre todo porque les resultó a algunos cárteles de la droga un personaje emblemático y atractivo. Chávez no se dejó llevar y nunca negó su relación reconociendo en ella una serie de vicisitudes de las cuales se pudo zafar, pero que le dejaron huella.
Al igual que Olivares, Julio César llenaba la tribuna, y lograba que la televisión, en cada una de sus peleas, desbordara los negocios. Muy probablemente para los aficionados era igual de importante, con todas las críticas que pudieron surgir, lo que hacían en el cuadrilátero que fuera de él.
Julio César Chávez también resultó ser un atractivo para la política. Carlos Salinas de Gortari se encargó de ayudarle en todo lo que pudo, y vino a corroborar que cuando los políticos se meten con los deportistas, en la gran mayoría de los casos, acaban por hacerles perder parte de su encanto.El documental de Diego Luna sobre Julio César es una prueba de lo que suele pasar.
El Canelo Álvarez es todavía el gran negocio de hoy. Una de las diferencias que tiene con Olivares y Chávez es que estos dos peleadores fueron parte de una extraordinaria generación de boxeadores. Sus triunfos tenían el doble reconocimiento por sus capacidades como pugilistas, y por el valor que tenía vencer a muy buenos boxeadores.
El Canelo se ha convertido en una referencia, porque además de ser consistente apareció en un momento en que el boxeo mexicano ha pasado por un vacío de buenos pugilistas. El Caneloes el negocio, pero también es la consistencia. No se le puede escatimar porque lleva 14 años siendo un personaje de primer nivel en el boxeo, más allá de su reciente derrota. Lo que va perfilándose es que se va acabando su vigencia, está físicamente castigado, se va haciendo grande, y quizá ha perdido un poco el gusto por el boxeo.
Es difícil saber cómo es que surgen los ídolos. Necesitan dominar el deporte que practican, pero necesitan tener una chispa con la cual quizá se nace.
Pero sobre todo deben ser triunfadores. Deben ganar en el momento oportuno. Tienen que entregar su vida en el ring. Todo esto lo sabe el aficionado, porque ello es lo que genera empatía e idolatría. Al final no es la televisión, es la gente la que lo adopta y quienes lo hacen uno de los suyos.