Por Sandra Luz Tello Velázquez
¿En qué momento permitimos que nos arrebataran la propiedad del continente que es nuestro hogar? ¿En qué cláusula de algún contrato inexistente cedimos la palabra «América» para que se convirtiera en el sinónimo exclusivo de una bandera con cincuenta estrellas?
La pregunta no es menor, especialmente cuando un espectáculo de medio tiempo de la NFL, el coloso del marketing, se presenta como el escenario para «reconocernos».
Pero cuidado, que no dejemos que nos engañe el brillo de los escenarios, ni el ritmo de la música urbana. La verdadera cuestión es sí es necesario un evento de fútbol americano para recordar que somos americanos. Y la respuesta, desde la raíz y la historia, es no. Porque América, como bien lo recuerda la RAE y el Diccionario Panhispánico de Dudas, no es un monopolio de un país del norte, es el nombre propio que designa a todo el continente, un plural expresivo que abraza desde las tierras de San Pedro Claver hasta los glaciares del sur.
A veces, deslumbrados por el mainstream, olvidamos que nuestra identidad no se construye en un estadio, sino en la casa. Lo ha dicho con lucidez Cezanne Cardona, escritor, profesor y columnista puertorriqueño, la casa es el centro de resistencia cotidiana frente a la colonialidad. No es solo un techo; es una forma de ser y estar, es el espacio donde negociamos quiénes somos frente a los embates de un Caribe huracanado o de una economía que nos expulsa. Para nosotros, los americanos debajo del Río Bravo, la casa es metáfora de pertenencia, nunca de posesión, es hogar. Es el escudo contra el olvido, nuestra tierra americana es nuestra casa.
Por otra parte, no debemos pecar de ingenuidad. Para la NFL y los promotores del Super Bowl, el mensaje del medio tiempo no se trató de justicia social, sino de ganancia. Si este año el espectáculo decidió honrar nuestras raíces, no fue por una actitud humanista, sino por un cálculo de rating. Tras el fracaso de 2019 con la tibieza de Maroon 5, el capitalismo entendió que la rebeldía vende. La empresa sabe que hoy el orgullo latino es un activo financiero.
Como señala Rocío Hoffmann, nieta de Siqueiros, América no es un monopolio gringo; es un continente unido por la sangre, el sudor, la cumbia, el merengue y la salsa. Mientras el arte nos sitúa en el tiempo y la historia, el mercado intenta empaquetar esa historia para venderla en el intermedio de un partido.
Reivindicar el término “americano” es un acto de justicia frente a la imposición de USA que identifica el nombre del continente con un solo país. No requerimos de un permiso para sentirnos americanos.
Nuestro orgullo no es nostalgia por el pasado ni una pose para la cámara; es el escudo con el que enfrentamos el gas lacrimógeno en las calles de Nueva York o Los Ángeles, y la dignidad con la que habitamos nuestras casas en Ciudad de México, San Juan o Cartagena. Somos las Américas, en plural, diversas y resilientes.