Por Francisco Montfort Guillén
Parece inevitable. Se despide causando dolor a su pueblo, dando lástima, causando daños, provocando vergüenzas. Quién lo diría después de tantos años de resistencia férrea, de inspiraciones iluminadas, de siembra de ilusiones, de anhelos despertados. Un gran escaparate de autoengaños. Porque tal vez nunca, en la historia de América Latina, había existido un grupo humano con tal obcecación en aferrarse a una ideología y a un ejercicio del poder tan feroz, tan audaz, tan exitoso en su auto reproducción. Otros ejemplos nacionales supieron leer las eras históricas, redescubrieron cuál era el camino del éxito económico y qué debería ser cambiado en el aspecto político. Solo los dirigentes cubanos morirán con sus chaparreras bien puestas, sin renunciar a nada ni dar un mínimo paso atrás.
La incertidumbre rodea el fin de la dictadura cubana. Sin producir energía propia, el funcionamiento de toda la isla depende de las importaciones de hidrocarburos. Y ahora su última fuente de ayuda, y además gratuita, el petróleo mexicano, dejará de fluir regularmente. Este ahogamiento energético se supone que provocará las protestas suficientes entre la población como para exigir e imponer cambios de gobierno, de sistema político y de sistema económico que dejarán atrás el régimen comunista, el único que ha florecido en América Latina.
Son esperadas ya las reacciones de la llamada “izquierda mexicana”, hoy en el poder gubernamental y político. Culparán de todos los males de la isla al bloqueo norteamericano, que inició como reclamo por la falta de indemnización de las expropiaciones que hizo el gobierno de Fidel Castro Ruz de las propiedades norteamericanas en Cuba, después del triunfo de la aureolada Revolución Cubana. Para estos izquierdistas, serán los Estados Unidos los únicos culpables de la derrota del comunismo cubano. Recordarán su “resistencia heroica en contra del imperialismo yanqui” y se refugiarán en el tribalismo izquierdista, primitivo, rancio, podrido para rescatar a sus figuras centrales (Fidel, el Che) pues siempre encuentran grietas para escarbar en su “moral superior”, la que les heredan sus héroes intocables.
Es cierto que el régimen comunista ofreció salud a todos los habitantes, aunque ahora mermada por la desnutrición, y también ofreció y cumplió en la educación básica para todos. Pero por su ceguera e incapacidades el gobierno de Castro Ruz no forjó capacidades manufactureras, ni creó u buen sistema alimentario, tampoco generó una fuerte industria militar a pesar del enorme apoyo soviético y otros apoyos que concitó la simpatía inicial hacia los barbados revolucionarios.
Todo fue propaganda, control político, poder; dinero y bienestar y riquezas para una reducida élite. No construyeron fortalezas económico-productivas como fue el caso de Corea del Norte, Vietnam y desde luego China y la Unión Soviética. Las supuestas altas calidades de la medicina cubana son más esfuerzos de propaganda que realidades. Los médicos cubanos que han llegado a México ni siquiera saben utilizar los instrumentos, no muy sofisticados, por cierto, con que cuentan los hospitales mexicanos. ¿Existen en Cuba sistemas médicos públicos como los europeos? ¿Su medicina cuenta con los adelantos apreciables en los hospitales mexicanos Ángeles del Pedregal o el ABC de Observatorio y Santa Fe en la CDMX? Y esto para no hacer comparaciones con los centros médicos de las universidades norteamericanas en donde el circuito investigación científica, desarrollo tecnológico, prácticas médicas ha creado el sistema médico más avanzado del mundo como en las ciudades de Houston, Los Ángeles, Miami y Nueva York, por solo citar unos ejemplos.
Los castristas destruyeron, a partir de 1959, uno de los países más prósperos de América Latina y lo han reducido a una isla sin mercado interno que cumpla con satisfacer las necesidades más elementales de su población y carecen de una industria exportadora diversificada y de vanguardia siquiera en algún segmento de la economía. Con el gran Vargas Llosa, un antiguo admirador de los primeros años de la Revolución cubana, podemos preguntarnos:” ¿En qué momento se habrá jodido Cuba? ¿Fue cuando salieron victoriosos de la invasión norteamericana de Bahía de Cochinos y creció inmensamente su imagen de gloriosa resistencia al vencer a las fuerzas invasoras financiadas por el Imperialismo Yanqui? ¿O cuando decidieron renunciar al modelo “burgués de gobierno” con elecciones democráticas y división de poderes para imitar e imponer el modelo soviético?
Yo pienso que el proyecto “del hombre nuevo guevariano” y de la “Revolución Victoriosa” se jodió cuando los revolucionarios hicieron triunfar el odio de clases y convirtieron a todos los cubanos en delatores de sus propios familiares, vecinos y amigos. Porque el odio entre conciudadanos y el colaboracionismo delator de los prójimos son la fuente de todos los desastres, empezando por la degradación moral e intelectual y siguiendo con la instalación de la estupidez como ideología política y la ignominia como forma de vida pública, social.
En esta situación es imposible hacer frente a las complejidades del desarrollo humano y de sus sociedades. Los dirigentes comunistas perdieron de vista la complejidad de la estructura intelectual de la obre de Karl Marx, la centralidad que éste otorga a la formación de mercado interno autóctono como base insustituible del progreso material de cualquier sociedad. Se dejaron llevar por el infantilismo victorioso, el reduccionismo y la simplificación de las relaciones sociales que configuran la base compleja de todo el ser humano.
¿Por qué otros países comunistas (China, Corea del Norte, Vietnam) pudieron rectificar sus caminos y lograr progresos ausentes en Cuba? Tal vez porque a todas las infamias cometidas por los comunistas del mundo, los cubanos agregaron el caudillismo, ese mal tan latinoamericano que permitió ensalzar como dioses a Fidel y al Che, con una devoción ciega, hacer de la política una religión militante como la de los ayatolás y de esa manera ahogar cualquier resquicio de libertad. Y sin libertad es imposible pensar con claridad, razonar con lucidez, enraizar una moral del sacrificio con límites y con esperanzas fincadas en el progreso continuo, aquí y ahora, de las mujeres y los hombres, en, fin, de la realización plena del ser humano.
El pueblo cubano merece un mejor futuro viviendo con libertades y democracia para que resurja la creatividad y la capacidad de realización de una sociedad que ha brindado a la humanidad entera obras inmortales en la música, las letras, las bellas artes.
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