Por Sandra Luz Tello Velázquez
El expresidente Andrés Manuel López Obrador ha vuelto a desatar la polémica desde un escenario público distinto al de sus antiguas funciones como mandatario de este país. La discusión surge debido a las páginas de su nuevo libro: “Grandeza”. La obra propone reescribir la narrativa histórica nacional, erigiendo el México precolombino como una potencia cultural inmaculada. El autor pretende desmantelar “la historia inventada y tendenciosa de los europeos”, quienes, desde la visión del autor, discurrieron sobre los sacrificios humanos para justificar la opresión a la que sometieron a los pobladores de Mesoamérica.
La premisa de López Obrador aparece como un ejercicio de rescate de la identidad profunda de México, barnizado con la reivindicación cultural, pero en realidad se esconde una estrategia política más vieja y preocupante: utilizar la historia como un arma de polarización, a través de la santificación del pueblo raso.
El eje argumentativo de «Grandeza» es la resiliencia, los valores y la fraternidad del pueblo mexicano heredados del pasado prehispánico, retomando una fórmula política reiterada durante todo su sexenio: el pueblo raso mexicano tiene en esencia una excepcional idiosincrasia de fraternidad, de amor al prójimo, de verdadera solidaridad, una pureza que en su momento fue situada como si se tratara de un decreto presidencial.
López Obrador rechaza cualquier elemento oscuro o complejo de las culturas mesoamericanas, como los sacrificios humanos y sus estructuras de poder (imperios, cacicazgos, sociedades estratificadas con élites gobernantes, etcétera), acotando que esa parte de la historia precolombina es una “mentira” europea, de tal forma que el autor presenta una perfección simbólica, transformando la objetividad de la historia en un simple decorado épico. Es evidente que la voz que escribe brota del líder de un partido que victimiza a todo un país para mantener su postura de que el pueblo es sabio, perfecto y bueno.
El argumento central del libro muestra que los españoles y europeos construyeron el concepto de “salvaje” para justificar la opresión. No debe negarse la devastación, el saqueo o el abuso por parte de los conquistadores. Sin embargo, una simplificación tendenciosa que desplaza la responsabilidad actual y congela la historia en una victimización cómoda es peligrosa.
En definitiva, «Grandeza» representa un recorrido narrativo accesible, pero al limitar la historia a una dicotomía entre el bien, representado en los pueblos mesoamericanos, y el mal vinculado con la presencia de España, que simboliza a los conservadores, se convierte en un manual que justifica las decisiones políticas actuales. Es evidente que el libro no puede considerarse una obra histórica rigurosa.
Finalmente, el desafío de México es conocer, analizar y enfrentar nuestras verdades incómodas, es mirar críticamente nuestra historia para no repetirla. Se trata de no perpetuar leyendas de personajes nacionales que también se corrompieron con el poder y así evitar simplificar la realidad histórica centrada en mitos fundacionales.